| |
Desde hace años, se ha ido instalando
en la conciencia de nuestra sociedad
la percepción de una profunda crisis en
la Iglesia católica. Para unos, estamos
ya en la agonía del cristianismo. Para
otros, se trata de lo que ha ido calificándose
como involución, “invierno
eclesial” (K. Rahner), “retorno a los
bastiones”1, golpe de estado de los llamados
“teocons” o, con la castiza expresión
teresiana: “tiempos recios”. |
|