Globalización y derechos indígenas

 

Por Josep-Antoni Garí

Consultor de la Organización de las .

Naciones Unidas para la Agricultura

y la Alimentación (FAO)  

 

 

 

 

 

 

En la última reunión del Fórum Social Mundial en Porto Alegre (Brasil), uno de los temas abordados de especial relevancia fue la situación de los pueblos indígenas. En aquellos días, el Departamento de Paz y Derechos Humanos de Cristianisme i Justícia llevó a cabo un seminario interno sobre esta cuestión, dirigido por Josep-Antoni Garí, que abordó los movimientos indígenas en defensa de los derechos territoriales, culturales y ecológicos. El ponente ha elaborado el siguiente escrito como síntesis de las cuestiones tratadas, explorando las raíces de la reivindicación de los derechos indígenas a través de algunos acontecimientos en Ecuador durante los últimos años.  

 

 

 


 

            El movimiento indígena en Ecuador es de los más sólidos y pioneros del mundo. En julio de 1999 logró bloquear todo el país durante casi 3 semanas. Unos meses después consiguió derrocar al gobierno. Sin embargo, su lucha por un sistema político menos obsesionado por los índices económicos internacionales y más comprometido con lo social fracasó de nuevo. Las familias indígenas regresaron a sus casas traicionadas por las oligarquías, la cúpula militar y la sociedad blanca que los viene explotando e ignorando desde tiempos inmemoriales. La sociedad indígena de Ecuador, que comprende en torno al 35% de la población, viene insistentemente reclamando justicia de un modo pacífico y sacrificado. Pocos se percatan que mantiene un compromiso cívico por la paz a pesar de las experiencias guerrilleras vecinas de Colombia y Perú. En Ecuador, los indígenas recorren cientos de kilómetros para decirnos que no pueden vivir dignamente, que pasan hambre, que se sienten violentados y que su producción agrícola está menospreciada. En 1992, unos 2.000 indígenas de Pastaza, en la Amazonía de Ecuador, recorrieron 500 kilómetros a pie hasta Quito para reivindicar sus derechos territoriales, su integridad ecológica y su autonomía cultural. Algunos indígenas quedaron sorprendidos al remontar los Andes y ver tierra sin árboles. Ahora siguen luchando porque su inmenso bosque, su morada, está repartido entre diversas compañías petroleras que amenazan su integridad ecológico-cultural, como ya han padecido sus vecinos indígenas algo más al norte en Napo y Sucumbíos.

            En plena euforia de la globalización, los movimientos indígenas surgen con una fuerza desconcertante, desde Chiapas hasta Ecuador, desde la Amazonía hasta África. Mientras las élites urbanas y presuntamente modernas creen que la sociedad global e internáutica disuelve las fronteras y abre el mundo a su ambición, los movimientos indígenas emergen para recordarnos que su libertad y dignidad es lo único que ven diluirse. En España, por ejemplo, la satisfacción por el auge bursátil ignora que hay empresas españolas que siguen invadiendo territorios indígenas de la Amazonía en busca de recursos naturales para las sociedades desarrolladas.

            Pueblos indígenas y movimientos sociales de base reivindican una alternativa política, simultáneamente local y global. Defienden la cultura y la lengua autóctonas como su modo digno de ser y existir en el mundo. Luchan por la diversidad cultural y ecológica como garantía de un mundo plural. Defienden la biodiversidad nativa frente a la hegemonía de las semillas truncadas y manipuladas acríticamente. Incluso siguen confiando en estructuras de economía comunitaria frente al discurso hegemónico que idolatra la privatización de casi todo. 

            En Ecuador, como en muchas otras regiones del Sur, el discurso dominante de desarrollo está secuestrado por los objetivos de máxima producción, mayor exportación y más divisas. A golpe de pozos petroleros, piscifactorías costeras y agricultura de exportación, las comunidades rurales se empobrecen. Inseguridad alimentaria, degradación ecológica y vulnerabilidad socio-cultural amenazan miles de familias. Diversos movimientos de base resisten estas tendencias, exigiendo un desarrollo más articulado con el contexto ecológico-cultural y menos obcecado con los mercados globales. En la Amazonía, los pueblos indígenas reivindican su autonomía ecológica porque se enfrentan a oligarquías políticas y a compañías petroleras que legitiman la violación territorial, ecológica y cultural bajo la consigna de modernización y desarrollo. En la costa del Pacífico, las comunidades afroecuatorianas de Esmeraldas reivindican la integridad del ecosistema de manglar porque éste es su fuente de vida. 

            Sin embargo, la ambición globalizadora rechaza los movimientos sociales de base. La demanda de lo ambientalmente correcto es inocua, pues unos simples informes de impacto ambiental logran inmunizar cualquier propuesta como "sostenible". La discrepancia indígena y local con el paradigma de desarrollo dominante se considera un anclarse en el retraso. El derecho a decir "no" se acusa de insolidaridad y desatención al desarrollo. La exigencia de un reparto justo de beneficios se define como prepotencia indígena. La crítica de un planeta socialmente injusto continúa siendo una actitud demasiado radical para los tiempos de ligereza intelectual que vivimos. 

            En las sociedades urbanas y de estilo occidental, la globalización es el nuevo discurso para legitimar el status quo. El mundo indígena gusta momentáneamente por la curiosidad folklórica que ofrece, pero molesta en cuanto se levanta a reivindicar su modo de vida y sus derechos territoriales, a exigir una auténtica democracia, a abogar por un paradigma de desarrollo diferente y a criticar el libertarismo empresarial que le acosa. 

            Pueblos indígenas y comunidades campesinas se movilizan porque sufren una violencia silenciosa. Se habla de la desnutrición de 1.000 millones de personas, pero los cultivos nativos de muchas regiones apenas merecen apoyo científico o institucional. Los proyectos de desarrollo sostenible y de conservación ecológica fomentan especialistas y técnicos de tipo "occidental", pero ignoran los conocimientos y prácticas ecológicas indígenas, con reconocida validez en sus contextos ecológico-sociales. La diversidad cultural se enfrenta al pragmatismo de lo global que silencia cientos de lenguas nativas. Los modos de vida indígena y tradicionales se deprecian económica y socialmente, mientras que la emigración a las ciudades sólo conlleva una mayor dependencia económica y un grave desarraigo social. Es la violencia del hambre, el desprecio y la exclusión. Ante esta crisis, el movimiento indígena y los nuevos movimientos de base van a seguir creciendo y buscando alianzas transculturales. Las comunidades de Esmeraldas, de los Andes y de la Amazonía luchan para que no les destruyan el manglar, los cultivos nativos o el bosque, que son su fuente de alimento y su raíz espiritual.

            En conclusión, los pueblos indígenas se movilizan porque su pobreza y marginación requieren una atención política prioritaria. No piden caridad, sino que exigen que su trabajo, su producción, su apuesta por la biodiversidad y su contribución a la riqueza cultural planetaria sean reconocidos económica y políticamente. En consecuencia, los movimientos indígenas tratan de forjar alternativas de desarrollo basadas en la seguridad alimentaria, en la integridad ecológica y en la diversidad cultural y política. Inauguran, así, una nueva etapa en la lucha por la libertad.


01 de juliol de 2002