
CLAMOR DE LOS PUEBLOS POR LA JUSTICIA,
LA SOLIDARIDAD Y LA PAZ
Los abajo firmantes, obispos y pastores
evangélicos y católicos del Brasil y de otros países de América Latina,
reunidos en una jornada de estudio, reflexión y oración, en Ibiúna, Sao Paulo,
del 15 al 22 de octubre de 2001, queremos expresar nuestra angustia y
preocupación ante la actual situación internacional.
Condenamos todo y cualquier acto terrorista, como los del 11 de septiembre pasado, que suscitaron repudio y consternación universal, por su locura y por los millares de víctimas que provocaron, inclusive entre los equipos de socorro. Por todas partes se ha escuchado un gran clamor por la justicia, junto con gestos de compasión y solidaridad para con las víctimas y sus familiares.
Por otro lado, la indebida transformación del
clamor por la justicia en actos de venganza y represalia con bombardeos aéreos
contra Afganistán es igualmente terrorismo, practicado ahora por gobiernos que
se presentan como democráticos, civilizados y cristianos.
Los bombardeos están provocando innumerables
víctimas, incluyendo mujeres, niños y ancianos, destrucción de infraestructura,
aumento del hambre y la desesperación, agravamiento de la situación sanitaria,
están echando a las calles a millones de refugiados. Se incita,
deliberadamente, a un recrudecimiento de la guerra civil entre facciones
políticas rivales con renovados sufrimientos para la población.
Hoy el clamor por la justicia viene acompañado
por un creciente grito por la paz que se expresa en redobladas protestas y
marchas contra la guerra, en manifiestos y celebraciones ecuménicas e
interreligiosas a favor de la paz.
Nos unimos a todas estas personas e
instituciones religiosas y civiles y a nuestras comunidades para proponer, a la
luz de la Palabra de Dios y de este anhelo profundo de nuestros pueblos, un
renovado empeño por la justicia y el diálogo, la solidaridad y la paz.
"El fruto de la justicia es la paz"
(Isaías 32, 7).
La prolongada indiferencia internacional ante
las situaciones de inhumana miseria que afectan a una parte mayoritaria y
creciente de la población mundial está dejando una huella de sufrimiento y de
muerte por todo el mundo, y también está generando resentimientos y protestas
contra un reducido número de países que imponen este nuevo orden internacional,
del que ellos disfrutan con el apoyo de organismos internacionales y de sus
políticas de ajuste económico. Estas políticas neoliberales vienen provocando
desastres económicos y financieros en muchos países doblegados bajo el peso de
deudas externas impagables, o afectados por bruscos movimientos y ataques a las
monedas locales por parte del capital especulativo.
En los países pobres se asiste al retorno de
enfermedades y epidemias, tales como el cólera, la tuberculosis, fiebre
amarilla, malaria, que parecían controladas, y al surgimiento de pandemias,
como el SIDA, que devastan continentes enteros.
Tras casi todas estas guerras actuales se
mueven los intereses de las industrias bélicas y la disputa por el dominio de
los mercados y el control de recursos naturales estratégicos, como el petróleo
y el gas.
Sin la superación de las tensiones provocadas
por la exclusión y marginación de grandes mayorías; sin el compromiso
concertado y sincero para disminuir las desigualdades internacionales, para
eliminar el hambre, el racismo, la discriminación contra las mujeres y minorías
étnicas y religiosas, para cancelar o reducir la deuda de los países pobres y
para limitar la destrucción y los daños ambientales, difícilmente se gestarán las
condiciones para una paz duradera.
Personas y países que sufrieron los horrores y
la locura de la guerra sin ningún tipo de límite y que se consumó en el
holocausto de Hiroshima y Nagasaki, sólo pueden unirse a la voz y el testimonio
de sabios pastores, como Mahatma Ghandi, Martin Luther King, Oscar Romero,
mártires de la justicia y de la paz, que vivieron la no‑violencia activa,
como actitud espiritual y política.
Ante las modernas armas de destrucción masiva y de la guerra nuclear, química o biológica, que ponen en riesgo la sobrevivencia del planeta tierra y de la propia humanidad, sólo cabe la condena ética, sin rodeos, pronunciada por Juan XXIII en la Pacem in Terris:”No es posible pensar que en esta nuestra era atómica, la guerra sea un medio apto para encontrar satisfacción a los derechos violados”.. (nº 127).
A los que hoy pretenden justificar la guerra,
recordamos la palabra firme de Concilio: “Cualquier acción bélica que lleva a la destrucción indiscriminada de
ciudades enteras o de vastas regiones con sus habitantes es un crimen contra
Dios y el propio hombre que debe ser condenado con firmeza y sin
dubitaciones” (GS
n' 479).
Lo que se está gastando en la operación
militar contra Afganistán sería suficiente para liberar a esa nación y a muchas
otras del hambre, la miseria y la destrucción a que están sometidas,
inaugurando relaciones de respeto y cooperación, de ayuda) solidaridad, y no
agravando sufrimientos e implantando nuevas semillas de odio e incomprensiones.
El único camino para la paz es el de la
superación de las injusticias y la divergencias, en el marco de un diálogo
supervisado por instancias políticas y jurídica internacionales legítimas, que
deberían ser más respetadas y fortalecidas, como la ONU el Tribunal
Internacional de la Haya, ante el cual deben ser llevados, juzgados castigados,
si fueren encontrados culpables, los sospechosos de crímenes de guerra
terrorismo.
Guerra y venganza contra otra nación soberana,
prácticamente indefensa, de manera unilateral e imperialista, por uno o más
países, que son al mismo tiempo parte y juez, destruyen las bases de la
convivencia internacional e instauran la ley de la selva y más fuerte, destruyendo las salvaguardas
del derecho.
Una de las primeras víctimas de la guerra es
la verdad. Las guerras modernas sor libradas en los campos de batalla, pero
también y sobre todo en los medios de comunicación social. La mentira y
manipulación de la verdad, la demonización de adversario y la intoxicación de
la población con deseos de venganza y odio dificultan la negociación, el
diálogo y la restauración de la concordia y de la paz.
Denunciamos y condenamos con toda vehemencia
la caricatura que se viene difundiendo de la fe islámica y del mundo árabe, y que
convierte en sospechosos a personas, pueblos y religiones. A ellos les pedimos
perdón por la injusta ofensa que les llega del occidente cristiano. Esto sólo
agrava los malos entendidos, fomenta prejuicios y aumenta las tensiones
internacionales.
Una mirada sobre nosotros mismos y sobre la
situación que vivimos nos invita a una actitud de escucha, de oración, pero
también de decidido empeño en la construcción de la justicia y de la paz, que
comienza en nuestro vivir cotidiano por gestos contra las injusticias y
desigualdades, prejuicios y discriminaciones, por actitudes de compasión para
con los pobres y pequeños, de lucha por políticas sociales inclusivas y por un
nuevo orden internacional.
La justificación de la guerra no es ni humana
ni evangélica, y Jesús coloca entre las Bienaventuranzas aquella a la que somos
llamados a poner en práctica en este momento, a de los constructores de la paz:
"Felices
los que promueven la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mateo 5, 9).
Ibiúna, Sao Paulo, Brasil,
20 de octubre de 2001.
Siguen
25 firmas, entre otras las de Luis Fernandes, Antonio Batista Fragoso, José
María Pires, Pedro Casaldáliga Tomás Baldino, obispos de Brasil. Raúl Vera,
Samuel Ruiz, Hermenegildo Ramírez, Alejo Zavala, obispos de México. Los
pastores protestantes D. Almir dos Santos y Rev. Rolf Schuenemann, de Brasil.
Tradujo del portugués Juan Pablo Sánchez
1.- Pablo VI. Discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas, New York 04‑10‑65.