
Consideraciones intempestivas
sobre el día 11
La mejor condena moral de la increíble atrocidad de Nueva York y Washington, me la dio una religiosa angolana, mientras le caía una lágrima de los ojos: "he sentido a veces rabia contra Estados Unidos; pero lo que hemos sufrido nosotros es tal, que no se lo deseo a nadie, ni siquiera a ese país que tanta culpa tiene en nuestro calvario". Lo decía mientras la televisión pasaba imágenes de niñitos palestinos aplaudiendo el atentado. (Pobrecitos ellos que maman el odio sin saberlo).
Recurro a estas palabras porque me parecen más autorizadas que las mías, para expresar lo que debería ser algo más que una simple condena: el estremecimiento por la maldad que cabe en los corazones humanos, y por la frialdad con que esa maldad actúa, no en un momento de ceguera, sino poco a poco, día a día, buscando sus crueles objetivos paso a paso.
Pero es una verdad elemental que la inmoralidad no se elimina con solo condenarla. Es preciso examinar sus porqués y acertar con sus remedios. En esta dirección van las reflexiones que siguen, sin pretensión de ser exhaustivas, y con una petición previa de perdón si es que, como me temo, se salen del discurso dominante.
1. La seguridad no existe
Ni paraguas nuclear ni historias. El mayor atentado de los últimos años ha sido cometido ¡sólo con armas blancas! El odio, la locura, el fanatismo o la desesperación son más temibles que todas las armas humanas. Como ya dijo el viejo profeta Isaías, la paz no es fruto de las guerras ni de las victorias bélicas, sino sólo de la justicia.
2. Los muertos no duelen porque sean nuestros sino porque son seres humanos
Hace aún pocos años, en Ruanda y en cosa de tres días, murieron, no diez mil, sino cientos de miles de personas. Aquella barbarie, en la que todo el primer mundo tenía buena parte de culpa, por razones geoestratégicas y armamentistas, nos sacudió muchísimo menos; y ninguna UEFA pensó en suprimir partidos ni cosas semejantes. Tal decisión nos habría parecido entonces ridícula e injustificada. Y sin embargo, cuando la solidaridad no es de veras universal, amenaza con convertirse en servilismo.
3. No va a ser la tercera guerra mundial
No sólo porque el enemigo no está bien identificado, sino porque, después del Vietnam, nosotros ya no estamos para guerras sino sólo para venganzas. La primera condición de nuestras guerras es no tener víctimas nosotros. Ya no estamos dispuestos a combatir, y a que nos vayan llegando cadáveres a casa, o extrañas cartas de condolencias de altos mandos militares. Ni somos capaces de soportar otras consecuencias como la falta de petróleo, el derrumbe de las bolsas y de los mercados financieros, o las crisis económicas. Nuestra comodidad es nuestra debilidad. Pues cuando luchan el que tiene mucho que perder y el que está dispuesto a morir, puede que éste acabe siendo más fuerte, aunque esté peor armado.
4. Mucho menos se trata de "la guerra del bien contra el mal"
Esta simpleza del presidente Bush se puede perdonar por la emoción del momento. Pero con un poco más de seriedad y de sinceridad quizás habría que decir: en parte nos lo merecemos.
Quizá no por culpas personales, pero sí porque hemos construido una civilización y un régimen de (pequeñas) libertades, basados en la exclusión de los otros y en la opresión de los otros.
Estados Unidos lanzó la bomba atómica, y todavía no ha pedido perdón por ello. Cometió actos de terrorismo en Irak, invadió cuando quiso Guatemala, Santo Domingo o Granada, adiestró en la Escuela de las Américas infinidad de torturadores latinoamericanos, y ha mantenido una parcialidad que hace imposible la solución del conflicto árabe-israelí.
Europa ha seguido en África una política colonial espeluznante, desde el tráfico de esclavos (por el que tampoco hemos pedido perdón), hasta la tortura más refinada. Permítaseme reproducir dos citas de nuestra cultura europea, tomadas de Le Monde Diplomatique del pasado mes de agosto (pág. 14), en un artículo que no estaba escrito tras los atentados en Norteamérica, sino con vistas a la fracasada conferencia de Durban:
"Ninguna filantropía o teoría racial, puede convencer a gente razonable de que la preservación de una tribu de cafres en África del Sur es más importante para el porvenir de la humanidad que la expansión de las grandes naciones europeas de la raza blanca en general... Ya se trate de pueblos o de individuos, seres que no producen nada de valor no pueden emitir ninguna reivindicación al derecho a la existencia".
Este texto, de 1912, está en la base de muchas conductas y políticas nuestras. Véase si no cómo defendían la esclavitud los padres de nuestra modernidad, como Montesquieu y Voltaire. Luego la "pacificación" de Indonesia por Holanda costó 70000 muertos. La toma de Filipinas por Estados Unidos, costó 200000, las revelaciones actuales sobre la tortura en la Argelia francesa son espeluznantes...Y así sucesivamente. La única diferencia es que nosotros lo hemos olvidado y ellos no.
Permítaseme repetir: somos hijos de una cultura que construyó sus pequeños espacios de civilidad y de libertad, a base de la exclusión y del crimen camuflado. Abolimos la esclavitud cuando ya no era económicamente necesaria (por eso hoy la estamos resucitando). Si no reconocemos esto, por duro que nos sea, el camino de la pacificación va por senderos torcidos. Y debemos examinarnos para que lo que nos aflija en la barbarie del pasado día 11 sea de veras el dolor de seres humanos (sagrados sean de donde sean) y no la humillación de nuestro inconfesado sentimiento de superioridad primermundista. No hace muchos años que Helder Cámara definió a la violencia como una "espiral diabólica": porque cuando alguien nos trata mal, acaba sacando lo peor de nosotros. No lo olvidemos.
José Ignacio González
Faus
Publicado en La Vanguardia, 27.9.01
En una pared de Nueva York alguna mano escribió:
"Ojo por ojo deja al mundo ciego".
Desde esta ciudad de Kazajstán, país que es un ejemplo de armonía entre hombres y mujeres de diferentes orígenes y confesiones religiosas, deseo dirigir un sincero llamamiento a todos, cristianos y pertenecientes a otras religiones, a trabajar juntos para construir un mundo sin violencia, un mundo que ama la vida y que avanza en la justicia y la solidaridad. No podemos permitir que lo que ha sucedido haga más profundas las divisiones. La religión no puede ser nunca fuente de conflicto.
Desde este lugar, invito tanto a los cristianos como a los musulmanes a elevar una inmensa oración al único y omnipotente Dios, del que todos nosotros somos hijos, para que pueda reinar en el mundo el gran don de la paz. Que todos los pueblos, apoyados por la divina sabiduría, puedan trabajar por doquier para construir una civilización del amor, en la que no haya lugar para el odio, la discriminación y la violencia. De todo corazón, pido a Dios que mantenga el mundo en paz. Amén.
(Juan Pablo II, Astana 23.9.2001)
Mucho se parecen entre sí el terrorismo artesanal y el de alto nivel tecnológico, el de los fundamentalistas religiosos y el de los fundamentalistas del mercado, el de los desesperados y el de los poderosos, el de los locos sueltos y el de los profesionales de uniforme. Todos comparten el mismo desprecio por la vida humana: los asesinos de los cinco mil quinientos ciudadanos triturados bajos los escombros de las Torres Gemelas, que se desplomaron como castillos de arena seca, y los asesinos de los doscientos mil guatemaltecos, en su mayoría indígenas, que han sido exterminados sin que jamás la tele ni los diarios del mundo les prestaran la menor atención. Ellos, los guatemaltecos, no fueron sacrificados por ningún fanático musulmán, sino por los militares terroristas que recibieron "apoyo, financiación e inspiración" de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos.
(Eduardo Galeano)