Universidad Centroamericana

del Salvador

Declaración con motivo del terremoto

 

 

Clamor de justicia y esperanza

 

La Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" hace suyo el dolor de quienes han perdido seres queridos, de quienes han sufrido daños físicos y psicológicos, de quienes han perdido techo, modo de vida y nivel de consumo y bienestar. Consecuente con este dolor, desde el primer momento, los ingenieros, las psicólogas, las educadoras, el Centro de Servicio Social, YSUCA y el personal de otras unidades de la comunidad universitaria han prestado ayuda a las personas necesitadas. Pero además, por fidelidad a esa solidaridad primaria, la UCA se siente obligada a dar voz al clamor y a la esperanza del pueblo salvadoreño, golpeado por la irracionalidad, la improvisación y la injusticia humanas, más que por el terremoto mismo. Ninguna catástrofe es sólo natural; más aún, sus consecuencias se deben más a la acción humana que a las fuerzas de la naturaleza. Movida por su identificación con la causa popular y desde el cristianismo que la inspira, la UCA levanta su voz y se compromete, junto con otras personas e instituciones, a contribuir a la construcción de un nuevo El Salvador.

1. El Salvador es un país pobre, vulnerable e injusto

El terremoto del 13 de enero afectó, con intensidad diversa, dos tercios del territorio salvadoreño más densamente poblado, segando vidas, destruyendo viviendas, edificios públicos, infraestructura y medios de producción agrícola. El país ha perdido mucho de lo poco que tenía. Las estadísticas oficiales, aparte de no ser confiables, no pueden recoger todavía la magnitud de la destrucción y del sufrimiento, pero el dato más elocuente lo constituyen las condiciones precarias y de alto riesgo en las cuales vive la mayor parte de la población salvadoreña. El terremoto ha dejado al descubierto la extensión y la magnitud de la pobreza en El Salvador y al mismo tiempo ha echado por tierra la fachada de cierta prosperidad que ocultaba esa realidad de pobreza y abandono. El terremoto ha sacado a la luz los resultados de la política neoliberal, aunque sólo sea porque es la verdad de la inmensa mayoría.

El viejo El Salvador, el de siempre, el de esa mayoría es el que reclama ayuda y el que exige desde su abandono la construcción de una sociedad salvadoreña más humana, equitativa y justa. La construcción de esta nueva sociedad, donde la totalidad de sus miembros tenga garantizada la vida ante los riesgos que la amenazan, asegurada la satisfacción de sus necesidades básicas y oportunidades para desarrollar su potencial creador, tiene también una dimensión nacional. El primer paso para construir esta nueva sociedad es la superación de la vulnerabilidad a la cual está expuesta la población salvadoreña.

Siendo un territorio de intensa actividad sísmica, un terremoto es un hecho natural en El Salvador. Lo que no es sólo natural son las consecuencias de su fuerza destructiva, porque ésta pudo ser mitigada. No lo fue porque El Salvador es un país vulnerable, es decir, sus comunidades y sus habitantes pierden su modo y nivel de vida con relativa facilidad y frecuencia por estar expuestas a peligros diversos. No es extraño, entonces, que después del Mitch se hayan sucedido el dengue hemorrágico, la intoxicación masiva de alcohólicos, la diarrea y el terremoto. Dada la vulnerabilidad existente, no puede considerarse que ésta sea la última catástrofe que asolará al país. La vulnerabilidad de El Salvador es (a) física, por ser un territorio expuesto a huracanes y a la actividad sísmica; (b) ambiental, porque utiliza de forma irracional sus recursos renovables y no renovables, poniendo en grave peligro su propia viabilidad; (b) económica, porque no puede garantizar el nivel de consumo de la mayoría de su población, porque su ingreso familiar experimenta alteraciones imprevisibles, porque no permite el ahorro ni el seguro, reservas indispensables para enfrentar los malos tiempos, porque ha impulsado un desarrollo que es prácticamente insostenible como se acaba de comprobar; (c) social, porque carece de las instituciones y la organización comunitaria indispensables para prevenir los riesgos y mitigarlos cuando éstos se concretizan, por la violencia y la inseguridad, todo lo cual deja a las familias abandonadas a sus propios recursos; (d) cultural, porque no existe un patrón de conducta ni de prevención ante el riesgo permanente, de tal manera que carece de un mapa de riesgos y de planes de contingencia.

Las amenazas que se ciernen sobre el poco bienestar de la población salvadoreña son impredecibles. Contrarrestar su vulnerabilidad es la única manera de reducir el riesgo al mínimo y evitar la inseguridad. Esto incluye identificarlo, prevenirlo y mitigarlo, prestando atención especial a las políticas públicas relacionadas con los patrones de vida de la población, a la promoción de la organización comunitaria, al desarrollo de la investigación especializada, a la creación de modelos que estimulen la participación, etc. La exposición al riesgo implica pérdidas, con frecuencia irreparables e irreversibles, o perjuicios, incluyendo diversas incapacidades, desplazamientos forzados, ruptura de la unidad familiar y comunitaria, enfermedades y daño psicológico.

La pérdida y el daño con frecuencia se convierten en un obstáculo, a veces insuperables, para recuperar el modo y el nivel de vida antes de la catástrofe. Esto significa más pobreza, cuando no el quedar condenado a vivir en ella. Por eso, la vulnerabilidad es más social que natural, aun cuando su principio sea natural. La vulnerabilidad afecta a todos, pero más a los pobres, porque su vida es tan precaria que un ligero desequilibrio es un empujón hacia la indigencia total, de la cual ya no pueden salir. Entre más desigual sea la distribución de la riqueza, del ingreso y del consumo, mayor es la magnitud de un terremoto sobre la vida de las personas y la sociedad. La vulnerabilidad es, pues, consecuencia de la injusticia.

El riesgo permanente al cual la mayor parte de la población salvadoreña se encuentra expuesta y la desidia y la negligencia del Estado, aun cuando sus gobernantes insistan en la capacidad de los salvadoreños para sobreponerse, evidencian el menosprecio a la vida. Es cierto que la población se esfuerza por superar las catástrofes, pero pagando costos muy elevados, incluso perdiendo la vida, y con frecuencia sin otra alternativa que la pobreza. Vivir en El Salvador siempre ha sido una carga muy pesada para la mayoría de sus habitantes, pero después del 13 de enero, esa carga será todavía más pesada.

2. El Salvador es un país dividido y antagónico entre los muchos pobres y los pocos ricos

El terremoto ha sacado a la luz la estructura de la realidad salvadoreña, despojándola de sus falsos recubrimientos ideológicos. Aunque golpeó a todos, no lo hizo de la misma manera. La inmensa mayoría pobre ha sido la más golpeada. Ella integra la mayoría de los muertos, heridos, desaparecidos, refugiados, sin casa, hambrientos y enfermos –aunque cabe destacar los centenares de muertos soterrados en una colonia de clase media. Esa mayoría es la que reclama una distribución equitativa de una ayuda que considera propia. La misma realidad se observa desde el otro extremo, en la composición de la Comisión Nacional de Solidaridad, encargada de distribuir la ayuda oficial, la cual está integrada en su totalidad por los propietarios de los bancos y de las grandes empresas, quienes además militan en ARENA. El presidente Flores entregó a estos grandes empresarios, a quienes los pobres llaman los ricos, la administración de la ayuda oficial, para mantener al margen al aparato gubernamental y así evitar la corrupción; pero en la práctica, esta comisión no puede ser desligada de ARENA, ni de su gobierno. Al buscar eficacia, pero sobre todo lealtad al partido, el gobierno excluyó en un inicio a todos los otros sectores sociales, en lo que no puede ser interpretado sino como una muestra grande de debilidad.

El terremoto evidencia, pues, con bastante claridad la gran fractura que atraviesa a la sociedad salvadoreña, partiéndola en dos. Una minoría muy rica, que muestra su buena voluntad, o su mala conciencia, o las dos cosas a la vez, integrando una comisión de emergencia, y una mayoría que debe resignarse a recibir lo que aquélla quiera entregarle, cuando ella lo disponga y en la forma que ella lo determine. La fractura divide de manera insalvable hasta ahora a la mayoría abatida por el terremoto, que la ha despojado de lo poco que tenía, y a una minoría privilegiada, inmune a esta clase de riesgos y además impune, con disposición a ayudarla a mitigar los efectos inmediatos de la catástrofe, pero no a sacrificarse como para que pronto pueda recuperar su nivel de vida anterior, ni mucho menos para que lo supere, alcanzado cierto bienestar. En realidad, se limita a administrar la ayuda oficial del exterior. No puede ser solidario aquello que de por sí es excluyente y que además se coloca en una posición de superioridad desde la cual actúa con prepotencia. El Salvador está polarizado, pero no tanto en términos políticos como a lo largo de una línea social y económica muy clara. El terremoto botó la fachada democrática que ocultaba esta realidad social excluyente e injusta para la mayoría salvadoreña.

Esta, sin embargo, se ha hecho sentir. De entre ella se han levantado voces reclamando ayuda y también voces de protesta, que no acusan a las fuerzas ciegas de la naturaleza o a Dios de su desgracia, sino al Estado salvadoreño, a su gobierno y más en concreto a los ricos. Los términos utilizados han sido muy duros, pero también muy sentidos. La conformación de la comisión de emergencia gubernamental en lugar de convertirse en factor de unidad nacional, marcó aún más la brecha que separa a estos dos grandes bloques sociales, muy desiguales y confrontados. Al final de la primera semana, el gobierno se vio obligado a retroceder e incluyó a los alcaldes en la distribución de la ayuda oficial, pero lo hizo desde arriba y girando instrucciones confusas e incluso contradictorias..

Además, la crisis ha puesto en evidencia otro problema grave: la incapacidad gubernamental para administrar la cosa pública. Esta incapacidad comienza por lo básico, puesto que ni siquiera cuenta con datos sólidos sobre la intensidad del sismo, ni el territorio afectado, ni los damnificados. Consecuencia de esta incapacidad fue la falta de coordinación y la pugna entre instancias gubernamentales. Ante su propia debilidad institucional, el gobierno ha reaccionado con la centralización, debilitando aún más su capacidad de respuesta. Celoso hasta el extremo de lo que recibe, ha preferido la precisión contable a atender una necesidad que exige asistencia inmediata y comprensión. En vez de esto, el gobierno ha presentado la cara fría del administrador. Si El Salvador contara con una red de alcaldes y comités locales de emergencia bien organizados, los damnificados podrían haber sido atendidos de una manera más rápida, eficiente y humana. La centralización actual ha probado ser excesiva para las dimensiones de la catástrofe. Pero temeroso de los posibles avances de la oposición y, en último término, de la sociedad misma, el gobierno de ARENA se ha resistido a descentralizar. El interés político es más poderoso que la razón y la ética.

Esto ha incrementado el aislamiento del gobierno de la sociedad. Es el aislamiento de un poder ejercido de manera absoluta. De ahí que del control de la ayuda se haya pasado pronto a censurar la información y a atacar los medios independientes. En estos vicios no pueden verse simples fallas, ni atribuirlas a la magnitud del terremoto, porque es la misma ambición de poder y su afán por controlarlo todo que se observa a lo largo de la última década de gobiernos de ARENA, excepto que el terremoto las ha despojado de los recubrimientos democráticos que las ocultaban, dejándolas al desnudo.

Todo esto muestra que la sociedad salvadoreña no se encuentra reconciliada, sino separada y enfrentada. No sólo son las violaciones de los derechos humanos de la guerra las que la dividen, sino, además, la cruda realidad económica y social. Aunque la ausencia de reconciliación ya había comenzado a manifestarse en protestas populares a propósito de la dolarización, el terremoto ha sacado de las entrañas de la sociedad salvadoreña una injusta estructura social que sus dirigentes querían ignorar.

3. La presencia misteriosa de Dios en la tragedia

Aunque es más fácil hablar sobre la tragedia y la maldad que sobre la vida y la bondad, en medio de la tragedia la vida ha seguido empujando con fuerza. Esa fuerza de la vida es la que ha movido a tantas personas a solidarizarse con los damnificados del terremoto, compartiendo esfuerzos para desenterrar a quienes quedaron atrapados en deslaves y escombros, para acoger, alimentar y cubrir a quienes lo perdieron todo y para animar desde la fe y la esperanza en el Dios de Jesús. En estos afanes se destaca la presencia de la mujer, referente clave de la vida y siempre dispuesta a brindar la más primaria de las solidaridades: cuidar a los niños, animar a los desanimados y luchar por la vida sin claudicar. Cabe destacar también la solidaridad internacional que, al igual que en otras ocasiones, ha sido abundante y pronta; aunque, por razones humanas, éticas y cristianas debiera ser más de mediano y largo plazo.

En esta decisión primaria de vivir y dar vida surge una especie de santidad primordial, que no se pregunta si es obligación o virtud, si es necesidad o libertad, si es mérito o gracia. No es la santidad de las virtudes heroicas, sino aquella de la vida heroica, que sólo el corazón limpio sabe reconocer. Estos pobres que claman por vivir, sean santos o pecadores, mueven el corazón. Ellos cumplen de manera insigne la vocación primordial de la creación: ser obedientes a la llamada de Dios a vivir y a dar vida a otros, aun en medio de las ruinas dejadas por el terremoto. Es la santidad del sufrimiento, cuya lógica es diferente, pero más primaria, a la de la santidad de la virtud. Ante estos pobres bien puede decirse lo que dijo el centurión romano ante Jesús crucificado: "verdaderamente, éstos son hijas e hijos de Dios".

El misterio de Dios se encuentra en esa vida buscada y entregada en medio de las ruinas, pero para descubrirlo es necesario dejarse afectar por la tragedia de los pobres. Dejarse afectar es sentir dolor por las vidas truncadas o amenazadas, es sentir vergüenza por lo que hemos hecho de esta porción de la creación que Dios nos ha encomendado y es sentirse llamado a construir una sociedad nueva, en la cual el hombre y la mujer nueva, movidas por el espíritu de Dios, puedan desarrollarse y alcanzar la plenitud. Es sentirse llamado a contribuir activamente en la nueva creación, donde ya no haya vulnerabilidad, donde los bienes sean compartidos, donde el bien común sea la norma de conducta social e individual, donde predominen la verdad, la justicia y la paz, donde la vida fluya y fluya en abundancia. Es una llamada a la compasión activa, que es lo que salva. La reconciliación que la sociedad salvadoreña reclama para erradicar de su seno el pecado mortal en el cual vive sólo podrá alcanzarse trabajando por esa nueva creación que Dios quiere.

A la pregunta por dónde está Dios en el terremoto no hay respuesta lógica ni convincente. Dios está en el silencio y el abandono de la tragedia, así como lo estuvo en la cruz de Jesús. Pero esa no es su última palabra, sino la vida y el amor. Por eso, ahí se encuentra la respuesta a la pregunta por su presencia. El misterio último está en la esperanza que nace de las ruinas de la catástrofe. La mayor tragedia es la destrucción de lo humano de un pueblo, del deseo de buscar y dar vida y amor. La solidaridad mayor es contribuir a crear vida nueva desde las ruinas. En esto consiste el misterio de lo humano: en el llevarnos mutuamente, dando y recibiendo lo mejor que tenemos. Cuando esto es posible se produce el milagro de la mesa compartida, el gozo inmenso de ser familia humana. Entonces, como dijo Mons. Romero, sobre estas ruinas comenzará a brillar la gloria de Dios. Más que "reconstruir" el viejo El Salvador, necesitamos "construir" El Salvador nuevo, justo y fraterno.

San Salvador, 13 de febrero de 2001.