
La cruz de la
"Dominus Iesus"
El genio de Pascal insinuó hace siglos que muchas veces la falsedad no es propiamente una negación de la verdad, sino una parcialización o exageración de la verdad, o una manera de afirmarla que excluye sus complementos dialécticos. Quizá hay pocas consideraciones más oportunas que ésta para esbozar un breve comentario a la polémica declaración del antiguo "santo oficio" sobre el tema de las religiones no cristianas. En honor del documento hay que resaltar su tono tranquilo y no agresivo, que parece reflejar la seguridad del que se halla en posesión de la verdad, aunque en algún momento convierte su serenidad en una especie de mirada despectiva sobre los "ignorantes" a los que se dirige. Tomadas una por una, yo aceptaría casi todas sus frases (salvo aquella tan desgraciada de que los que están fuera de la Iglesia están en situación "gravemente deficitaria" para salvarse, o la interpretación, a mi modo de ver restrictiva, de la frase del Vaticano II sobre la Iglesia de Cristo que "subsiste" en la Iglesia romana, y que el documento va interpretando de manera que casi termina en una identificación). En este breve comentario me gustaría fijarme más en lo que el documento no dice y, a mi modo de ver, debió decir.
Señalaré tres puntos.
1. La tradición teológica acuñó
en sus inicios la frase "ubi Christus ibi ecclesia" (la
Iglesia está allí donde se encuentre Cristo), desde la
conciencia de que Cristo está presente muchas veces fuera del
cristianismo oficial. Esta conciencia llevó a san Agustín, ya
en el siglo V, a la conocida fórmula de "la Iglesia que
existe desde Abel" ("ecclesia ab Abel"). Al
desconocer estos datos tan fundamentales en cualquier reflexión
sobrela Iglesia, el documento identifica con demasiada facilidad
la Iglesia de Cristo con el catolicismo oficial y, en mi opinión,
adolece de un cierto eclesiocentrismo, aunque pretenda
desautorizar a quienes levantan ese tipo de acusaciones. El
eclesiocentrismo aparece a veces en la historia de la teología
como expresión (creo yo) de un miedo de la Iglesia cuando cree
perder poder: por ejemplo, en los siglos XVI y XVII, cuando la
ruptura de Lutero y el descubrimiento de América dejaron
reducida a ser "una partecita del mundo" a aquella
iglesia que antes se identificaba con la totalidad del orbe. El
jansenismo y otros agustinismos de los siglos XVI y XVII fueron
de un eclesiocentrismo exacerbado, que a veces era auténtica
eclesiolatría (o idolatría eclesiástica). Y el mismo
magisterio eclesial condenó sus tesis de que nadie se salva
fuera de la Iglesia o de que no hay gracia fuera de la Iglesia,
etcétera. Tengo la sensación de que éste ha sido un
pontificado del miedo. Por eso no me extraña que esta obsesión
o autocentración eclesial se refleje en muchas actuaciones.
2. El teólogo chino Choan Seng
Song (se me permitirá que, si la Iglesia es de veras católica,
llame a este debate a gentes no occidentales) ha expresado con
frecuencia su temor de que el miedo al relativismo lleve a los
cristianos a absolutizar cosas que son relativas (por ejemplo, un
determinado modo de entender la revelación de Dios). "Temo
que seamos demasiado inclinados a crear una imagen de Jesús que
conviene a nuestros intereses y en la que quizás el propio Jesús
no se reconocería." Para Choan, la verdad bíblica es
siempre una verdad abierta: no porque sea vaga o indefinida, sino
porque, en la Biblia, la verdad siempre aparece acompañada de la
Gracia: desde la plegaria del salmista ("la Gracia y la
verdad se encuentran") hasta la figura de Jesús que el
evangelista presenta como "lleno de Gracia y Verdad".
En este sentido, la verdad bíblica es muy diferente de la verdad
griega, que pretende ser una apropiación, posesión y domino de
lo real, y que ha convertido a Occidente en una de las
civilizaciones más avanzadas técnicamente pero también más
imperialistas del planeta. Temo que el documento maneje una noción
de verdad más griega que bíblica ("el amor de Dios
manifestado en Jesucristo": Rom 8,32).
3. Finalmente, otro teólogo
oriental (el japonés Kosuke Koyama) que, a raíz de la
experiencia de la bomba atómica, criticó duramente la idolatría
de su propia cultura nipona, recuerda luego cómo la única
universalidad posible en este mundo es la universalidad de la
cruz, y ve ahí la gran fuerza del cristianismo. En el documento
de Ratzinger sorprende la práctica ausencia de mención de la
cruz, pese a que san Pablo afirmaba que es lo decisivo del
cristianismo, y los evangelios pongan en labios de Jesús la
frase "cuando sea levantado, atraeré todas las cosas hacia
Mí". Este dato permite escribir a Koyama que en la cruz de
Jesucristo "no hay lugar para ningún complejo cristiano de
superioridad respecto a los adeptos de otras creencias. Si los
cristianos comprenden que el nombre de Jesucristo implica la
unidad de la santidad y del ser-destrozado", ya no tendrán
afán de ser enseñantes, sino testigos (¡"mártires"!).
Y "podrán criticar a los adeptos de otras religiones porque
antes se han criticado a sí mismos". Todo esto lleva a
nuestro autor a distinguir entre una "mentalidad de cruz"
y una"mentalidad de cruzada" ("crucified mind"
y "crusading mind"). Es de temer que en el documento
que comentamos haya más de lo segundo que de lo primero.
Estas consideraciones que quisiera
presentar sin ninguna clase de hostilidad llevan a otra reflexión
más formal, que ya no cabe aquí, y que afecta al modo de
confeccionar muchos documentos del magisterio eclesiástico: si
se elaboran por el procedimiento lento y comunitario del diálogo
(que es el camino natural de escucha del Espíritu y de acceso la
verdad), o por el procedimiento -menos evangélico sin duda- de
imposición de la propia particularidad. También valen para la
Iglesia los versos machadianos que distinguían entre "tu"
verdad y "la" verdad, con la conclusión que de ahí
sacaba el maestro: vamos juntos a buscarla.
Pero todo esto, que es
infinitamente más complejo, debe quedar para otro día.
JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS