En memoria

de Óscar Romero

 

 

 

Presentamos aquí la transcripción
de las conferencias pronunciadas en el acto
organizado por la
Associació d'Antics Alumnes d'ESADE
en colaboración con la
Caixa de Sabadell
con motivo de la conmemoración de los veinte años
del asesinato de Monseñor Óscar Romero.

Barcelona, 17 d’abril del 2000

 

 


Monseñor Romero: «salvar al pueblo»

Por el P. Rodolfo Cardenal Chamorro

 

Este acto, un poco tarde para la fecha del aniversario de monseñor Romero, yo quisiera colocarlo dentro de lo que fue el aniversario de los veinte años del asesinato de monseñor Romero. Quiero decir que estamos en una sala pequeña, somos pocos, pareciera que estamos aquí como aislados. Y quiero traer como preámbulo de mi charla que durante la semana del aniversario en San Salvador, la gente, el pueblo salvadoreño se volcó a las calles y plazas. Durante toda una semana hubo una movilización muy grande de gente: gente pobre, gente joven que asistió a un sinnúmero de actividades, conciertos, marchas, eucaristías para conmemorar a monseñor Romero. Y creo que desde el 31 de marzo de 1980, el día que se enterró a monseñor Romero en El Salvador, nadie, ningún partido político, ningún líder había convocado tal cantidad de gente como se convocó el día 24 de marzo en una marcha de varios kilómetros donde hubo, probablemente, cincuenta mil personas, y una vigilia frente a la Catedral metropolitana donde durante toda la noche hubo diez mil personas. Ni siquiera la firma de los acuerdos de paz pudo unir tal cantidad de gente.

Pero la celebración de monseñor Romero no solamente es un asunto salvadoreño, en todo el mundo hubo conmemoraciones. Monseñor Romero se encuentra, como sabéis, en la fachada de Westminster, la catedral símbolo de Londres. Este aniversario en la catedral de Estocolmo, la catedral luterana, le han dedicado una capilla, y por donde uno va por Europa y cada vez más por el Oriente hay recuerdos, memorias de monseñor Romero, de tal manera que monseñor Romero es, ha llegado a ser, el salvadoreño más universal. Y este acto de hoy se une a este sinnúmero de conmemoraciones, recuerdos, manifestaciones de monseñor Romero.

Yo, por mi parte, lo que me quiero preguntar esta tarde es ¿qué tiene Monseñor Romero que puede convocar tal cantidad de gente? Una de las cosas que nos sorprendió en este aniversario en San Salvador es ver orientales. Había delegaciones de japoneses, japonesas, coreanos que llegaban en peregrinación a San Salvador, aparte de obispos, luteranos, católicos de todas partes. Un obispo italiano dijo: “Ahora que estamos celebrando el jubileo mucha gente peregrina a Roma, cuando habría que peregrinar a San Salvador para ganar el jubileo”.

Entonces mi pregunta ante vosotros esta tarde es: ¿Qué tiene monseñor Romero? ¿Por qué atrae tanto? Y voy a comenzar diciendo que monseñor Romero une dos realidades que estaban unidas en el Evangelio pero que fueron separadas por avatares de la historia del cristianismo, y estas dos realidades que monseñor Romero unió fueron salvación y pueblo, hay que salvar al pueblo. Y monseñor Romero las unió y, al unirlas, hizo surgir una realidad completamente nueva y de una trascendencia imprevisible que creíamos que estaba olvidada. Pero en este aniversario, al ver cómo se volcaba la juventud y la gente a las calles y las plazas, esa realidad sigue presente y está actuando.

¿Y qué quiere decir salvar para monseñor Romero? Para monseñor Romero salvar es decir la verdad –parece obvio, pero hay tanta mentira ahora– decir la verdad en nombre de todo el pueblo, y textualmente decía él: “Estas homilías mías dominicales quieren ser la voz de este pueblo.” Y efectivamente, se llegó a convertir en la voz del pueblo salvadoreño en una época donde era muy difícil tener voz y donde no había libertad para hablar.

Salvar, también, para monseñor Romero es dar esperanza a una sociedad donde, aparentemente, no hay dónde aferrarse, donde todo parece estar en contra. Y decía él: “Sobre estas ruinas” –de entonces– “brillará la gloria del Señor.” Hay que tener mucha esperanza para afirmar estas cosas.

Salvar, para Monseñor Romero también era poner signos, señales concretas de salvación. Ignacio Ellacuría, otro mártir salvadoreño, lo recogió de otra manera, pero quería decir lo mismo: “Salvar es revertir la historia”. No sólo hacer cambios superficiales y puntuales, sino comenzar de nuevo: un comienzo que tenga como piedras fundamentales la verdad y la justicia. Pero esto quiere decir y hacer en contra del egoísmo, en contra de la mentira y en contra de la injusticia. Y es importante recordar esto, sobre todo, desde El Salvador y desde Centroamérica, porque las transiciones centroamericanas de postguerra (Guatemala ha tenido guerra, El Salvador ha tenido guerra, Nicaragua ha tenido guerra) son insuficientes: los cambios no son suficientes como para afirmar que hemos comenzado, que hemos iniciado un nuevo comienzo.

Salvar es también, tanto para monseñor Romero como para Ignacio Ellacuría, anunciar la utopía del Reino de Dios, o dicho de otra manera, una civilización del amor. Pero para llegar a ser realidad, esta civilización del amor al menos tiene que ser austera, si no es que también y además debe ser pobre, en el sentido de hacer contra el consumo y el derroche.

Salvar es anunciar al pueblo, a la gente, que en el horizonte se avizora el Dios salvador, el Dios liberador. Estas palabras dichas así no son nada nuevo, expresan dimensiones que están en el Evangelio, que Jesús dijo a sus discípulos. Pero son palabras que ya no se oyn hoy muy frecuentemente: ya no hablamos como solíamos hablar de pueblo ni de salvarlo, ya no hablamos de utopías históricas y, desde el punto de vista cristiano, ya no hablamos del Reino de Dios. Parecieran cosas olvidadas. La tendencia actual es a  centrarnos en lo personal, en la salvación personal. A lo más, en la salvación familiar; la gente, el pueblo, eso ya ha pasado de moda.

Pero ese pueblo es, hoy por hoy, la inmensa mayor parte de la humanidad cuya vida es precaria. Los informes anuales del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo dan cuenta cuantitativa de cuan precaria es la vida de esta inmensa mayoría de la humanidad a quien le están negadas las condiciones más elementales para poder vivir con dignidad. Ciertamente, hay acciones santísimas como las acciones para ayudar a Centroamérica después del huracán Mitch. Pero estas acciones suelen ser más asistenciales que liberadoras; es decir, están orientadas más a poner remedio a necesidades objetivas, pero necesidades puntuales y urgentes, que a garantizar que estas situaciones sean superadas y a señalar a los responsables de las situaciones de pobreza y miseria que son los que hacen que estas situaciones se produzcan.

Salvar, tal como nos lo ha enseñado monseñor Romero y los mártires del siglo XX, mártires latinoamericanos y centroamericanos, es hacer lo contrario. ¿Qué quiere decir esto? Sólo colocando en el centro de nuestro quehacer la satisfacción  de las necesidades básicas de todas y todos, y en especial de esa inmensa mayoría de la humanidad; sólo creando condiciones para poder ejercer la libertad cuando hay que optar; y sólo estableciendo un ámbito donde sea posible cultivar la creatividad personal y comunitaria de tal manera que favorezca el surgimiento de formas de vida y cultura nuevas, y la construcción de formas de vida que permita unas relaciones nuevas, también, con la naturaleza, con los demás, relaciones nuevas con uno mismo, con Dios; solamente cuando se dé todo esto, o se esté dando simultáneamente podemos hablar de un nuevo comienzo.

Monseñor Romero y los mártires buscaban eso, precisamente, y esto querían decir cuando hablaban de salvar al pueblo. Eso no quiere decir que ignoraran o relegaran a un segundo plano la salvación personal, es decir, aquella que promueve y busca el encuentro íntimo de la persona con Dios. Pero lo más importante era el pueblo, salvar al pueblo. Salvar al pueblo, sin embargo, tiene implicaciones que son serias.

Aunque desde aquí, desde Europa –quizás desde España no tanto– suena fuera de lugar, pero para la historia latinoamericana es muy importante, salvar al pueblo llevaba a separar dos ámbitos que desde el descubrimiento han estado unidos: Estado e Iglesia. Y no lleva solamente a separar Iglesia y Estado, sino que conduce a la confrontación con el Estado. Es lo que los obispos latinoamericanos, reunidos tanto en Medellín en el año 1968 como en Puebla en 1978, llamaron la opción preferencial por los pobres. Hacer esta opción por el pueblo pobre latinoamericano llevaba implícita la ruptura con el Estado. Y para monseñor Romero, como para muchos de estos obispos, los pobres no eran una abstracción. Monseñor Romero en concreto insistió en verlos tal como los encontró, entre los empobrecidos de todos los días. Pero esto tienen implicaciones: en primer lugar hay que colocar el peso institucional de la Iglesia a favor de esta gente, sirviéndolos, protegiéndolos, dándoles voz, dándoles facilidades. En segundo lugar, significa colocar el peso moral de una institución como la Iglesia (y similarmente para el caso de las instituciones como las universidades o cualquier otro tipo de institución) a favor de esta gente, predicando y denunciando la injusticia, pero también anunciándoles la posibilidad de un nuevo orden social. Y, finalmente, implica compartir con ellos, compartir la vida, las alegrías, las angustias.

Ninguna de estas iniciativas buscaba la confrontación con el Estado, pero al final llevan a la confrontación con el Estado. Y al final esto es lo que explica la muerte martirial de monseñor Romero y de otros mártires centroamericanos y latinoamericanos. Pero, de esta manera, haciendo esta opción, monseñor Romero unificó al pueblo salvadoreño. Y en la actualidad unifica, de una manera extraordinaria, a muchas comunidades no sólo salvadoreñas, no sólo regionales centroamericanas o latinoamericanas, sino comunidades universales internacionales.

Monseñor Romero unificó de una manera especial al pueblo, pero al mismo tiempo, sin buscarlo, dividió y dividió a los que no estaban con el pueblo, los que se oponían a esta opción. En esta división que provoca su acción como obispo, su ministerio episcopal, se han querido ver razones políticas. Pero en realidad la causa de la división es más profunda. La causa de la división estaba en Dios, en el Evangelio y en los pobres: eso es lo que dividía. Y dividía porque son realidades últimas, realidades ineludibles porque no se pueden manipular y con las cuales nos tenemos que enfrentar; realidades que se suavizan o se silencian con mecanismos institucionales, eclesiales para no confrontarlas.

Y en este sentido, monseñor Romero genera una gran novedad porque abre, se pone en contacto con esa realidad y hace que la Iglesia de El Salvador enfrente esa novedad, ese riesgo y se vea afectada directamente por esos poderes que se oponen, que no quieren enfrentar esa realidad. Y entonces hay dos tipos de ataque: el ataque directo, en forma de amenaza, difamación, expulsión, captura, tortura, asesinato. Y un ataque indirecto más sutil, al intentar neutralizar con la promoción de sectas alienantes y de movimientos neorestauradores, neoconservadores de toda clase, sobre todo los integristas y los pentecostales.

Este tipo de intervención o de ataque no sólo viene del Estado sino de la misma Iglesia institucional que evade esta confrontación, este problema. En realidad es lo que está en el fondo la dificultad para que el proceso de beatificación de monseñor Romero avance: toda la documentación esta terminada, esta concluido, pero existe oposición de los cardenales latinoamericanos del Vaticano. Precisamente por esta dimensión que monseñor Romero une o proyecta de unir salvación y pueblo, lo acusan de “político” y eso es lo que está entorpeciendo el proceso.

Y el argumento que usan ahora (y que usaron entonces, porque algunos son contemporáneos de él) es el miedo a desnaturalizar a la Iglesia, miedo a que la Iglesia se someta a las ideologías. Pero ese miedo genera más miedo y ahoga la creatividad. Monseñor Romero tenía miedo también, tenía temores; pero el miedo fundamental de monseñor Romero era a enfrentarse al Dios vivo y a los pobres mismos y que le pidieran cuenta. Capítulo 25 de Mateo: ¿qué has hecho de tu hermano? ¿Le diste de comer? ¿Le vestiste? ¿Le visitaste? ¿Dónde está tu hermano o tu hermana? La diferencia está en que el miedo de monseñor Romero es un miedo evangélico, el otro no lo es. La exigencia práctica evangélica, sin embargo, para él y para muchos otros se ha convertido en solidaridad, en dignidad, en esperanza, en comunión y en gozo.

La novedad de monseñor Romero y de los mártires del siglo XX está, pues, en esta vinculación entre martirio y salvación de todo el pueblo. Las grandes mayorías de la humanidad privadas de condiciones básicas para su existencia son, en su realidad trágica, exigencia absoluta para que el hombre y la mujer de buena voluntad, el cristiano y la cristiana trabajen por su salvación personal y colectiva. A estas mayorías monseñor Romero les dedicó su ministerio episcopal y arriesgó la institución o la institucionalidad de la Iglesia para beneficiarles a ellos, para trabajar por ellos, los puso al servicio de ellos.

En consecuencia, preguntarse si monseñor Romero dio su vida por razones cristianas o políticas, si monseñor Romero dio su vida por causa de su fe o por su compromiso con la justicia, no tiene mucho sentido. Monseñor Romero dio su vida como Jesús, por amor a su pueblo, por salvarlo, para que ese pueblo dejara de ser masa anónima y se convirtiera en pueblo de Dios. Monseñor Romero no dio su vida por unas cuantas cosas buenas ni por unas liberaciones pequeñas, sino por algo mucho más grande y abarcador, por la salvación del pueblo salvadoreño y de todas las personas que lo conformaban.

¿Es entonces mera casualidad que ese pueblo así lo haya reconocido, así lo haya interpretado y, en consecuencia, haya permitido que la profecía de monseñor Romero se haya cumplido? Monseñor Romero dijo con una gran sencillez, probablemente sin saber exactamente lo que decía, previendo que su muerte se le venia encima: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.” Y eso es lo que hemos sido testigos este 24 de marzo: ha resucitado en el seno del pueblo salvadoreño y de la comunidad internacional. Y en este sentido, es el testimonio que yo quiero dar ante ustedes esta tarde y como yo interpreto esta reunión, que forma parte de este testimonio mucho más grande de comunidades y personas que damos testimonio. Monseñor Romero ha resucitado, efectivamente.

Monseñor Romero ha resucitado en el pueblo salvadoreño, precisamente porque hizo en su vida esa unidad entre salvación y pueblo. Pero no podemos quedarnos aquí, desde esa novedad, desde ese gozo que podemos sentir porque hemos sido testigos de esa resurrección, monseñor Romero y los otros mártires centro y latinoamericanos nos cuestionan, nos interpelan y nos preguntan si la tragedia de la humanidad y la de quienes han dado su vida por evitarla nos conmueve hoy. Nos preguntan si nos hemos dejado conmover: a veces cuesta mucho dejarnos conmover, a veces decimos que sólo ante Dios damos cuenta; a veces rechazamos el cuestionamietno del hermano, la hermana, el amigo, la amiga que se acerca.

Hoy, desde su resurrección, monseñor Romero nos dice, nos pregunta, nos interpela si nos hemos dejado conmover, si nos queremos dejar conmover sin reservas, sin guardarnos nada para nosotros mismos. En realidad, para un creyente son las mismas preguntas que Jesús crucificado hace a los cristianos y a las cristianas. Nos preguntan si somos fieles a la misión de Jesús, es decir, a vivir y a desvivirnos por salvar a un pueblo, a una humanidad que está crucificada por el hambre, la miseria, la desnutrición, la enfermedad. Esta novedad es muy importante desde nuestro punto de vista y esta interpelación es trascendental. Porque cuando nos planteamos qué hacer, cuando nos planteamos qué vamos a hacer, cómo vamos a actuar, generalmente nos enredamos, hablamos mucho de planificación, de metodologías, de evaluaciones. Todo esto es necesario y en cierto sentido es bueno, pero no hay que olvidar nunca que lo más importante es la misión, es más, parece que tenemos miedo a abordar esto más importante: la misión. Y entonces la planificación, la metodología, la evaluación nos sirve de pretexto.

Pero la razón de este miedo que podemos tener a la misiónes sencilla: no somos nosotros quienes creamos la misión, sino que es la misión la que nos va configurando como personas, como comunidades, como creyentes, como Iglesia, como institución, como organización. La misión no está dada, no está constituida, sino que hay que descubrirla paso a paso. La misión no tiene respuesta a todos nuestros interrogantes, no da seguridad a todas nuestras incertidumbres, sino que eso hay que conseguirlo luchando continua e incesantemente. La misión, en términos generales, es clara: traer salvación a la humanidad. Y ese esfuerzo por traer salvación, crear salvación a la humanidad es la que va determinando la realidad nuestra, individual, comunitaria, institucional, creyente, según sea nuestro hacer así será la salvación que traigamos a este mundo y, en consecuencia, así seremos nosotros.

Esto nos lleva a comprometernos con la construcción del “nuevo comienzo”, pero también, y este es el obstáculo mayor, a abandonar nuestra comodidad, a veces legítima, a veces bien ganada, merecida. Esto nos empuja a no desistir a pesar de los años, de las limitaciones propias, de las adversidades, de los cansancios, de los desengaños, de las frustraciones.

La interpelación que los mártires como monseñor Romero nos hacen es una interpelación contraria al conformismo de los pocos privilegiados que han conseguido bienestar al tener su vida personal resuelta y que cuentan con el espacio y los medios para desarrollar sus proyectos personales (legítimos, lo repito). Pero la inmensa mayor parte de la humanidad clama por salvación, clama por ayuda. Acoger la interpelación de monseñor Romero y de los mártires del siglo XX es un deber de honradez para quienes dieron su vida generosamente por un futuro del cual el presente está muy lejano. El peligro es rehuir el compromiso con este comenzar de nuevo, con este “revertir la historia”, utilizando como justificación los logros parciales (ya hay democracia, ya no hay guerra, ya hay libertad de expresión) sin negar que estos logros existen; pero si no vemos más allá de ellos, al final acabamos contemporizando con la pobreza, con la violencia y con la corrupción.

Se trata de la interpelación a no conformarnos con logros parciales, puesto que por muy importantes que estos puedan ser, no dejan de ser parte de un proceso y, en ese sentido, son todos provisionales y limitados. Por eso monseñor Romero y los mártires constituyen una invitación a la radicalidad, a la radicalidad humana y, si queremos, a la radicalidad cristiana para los creyentes. Cuando lo que se encuentra en cuestión es la vida de la mayor parte de la humanidad, no se puede ser sino radical. El comienzo sólo es nuevo, en realidad, si es radical; porque solamente siéndolo se puede ir a la raíz de las fuerzas que determinan la realidad salvadoreña, centroamericana, mundial. La radicalidad no se contrapone a la prudencia, hay que ser prudente. Ni siquiera se contrapone a cierto pragmatismo sano: hay que ser realista. La radicalidad se opone a la superficialidad, a la trivialización de la vida y al conformismo fácil. No hay pues que temer a la radicalidad, sino a su contrario.

La radicalidad exige, sin embargo, introducirse en medio de la historia de la humanidad, ahí donde está el conflicto, ahí donde se juega la vida de millones de personas, ahí donde se decide la vida y la muerte de la mayoría de la humanidad.

La transición salvadoreña y centroamericana no ha superado el conflicto como algunos quisieran dar por sentado, juzgando con precipitación la realidad actual. Esto es lo que quieren dar a entender cuando aseguran que El Salvador y Centroamérica entera han cambiado, que todo es nuevo, implicando que ya no hay razón para la confrontación, sino sólo para la propuesta y el consenso. Con la misma trivialidad con la que quisieran olvidar las violaciones de los derechos humanos cometidos durante la guerra, intentan, también, desconocer que la estructura social sigue siendo, en lo fundamental, injusta y, por consiguiente, violenta.

En virtud de este desconocimiento pretenden deslegitimar a quienes exigen ir a las causas últimas de la conflictividad de la historia actual. Pero al comenzar el nuevo siglo la injusticia estructural se impone de una manera brutal en Centroamérica y en América Latina. A ella se debe que la violencia predomine y que la realidad siga siendo conflictiva. La superación de la guerra es incuestionable a través de las transiciones pero no hemos superado el conflicto social; al no haber desarraigado las causas estructurales de la guerra el conflicto persiste y se manifiesta con inusitada violencia y con una periodicidad cada vez más alarmante. Es así como la estructura de la sociedad salvadoreña y también de la centroamericana en su conjunto es intrínsecamente conflictiva y mortal porque causa víctimas. Ante ella, entonces surge una pregunta insoslayable para la conciencia recta y para la conciencia cristiana, ¿qué debemos hacer ante estas víctimas? ¿Qué bando debemos de tomar?

El hombre y la mujer de buena voluntad y el cristiano o la cristiana responden sin vacilar, su puesto está de lado de las víctimas, como nos enseña monseñor Romero y los mártires. Adoptar esta postura significa solidarizarse con ellas, pero sobre todo trabajar activamente para suprimir las condiciones que generan víctimas. Lamentablemente, esto no puede hacerse sin introducirse en la historia y sin introducirse en el conflicto, no porque éste sea buscado de manera directa, sino porque erradicar las condiciones que producen víctimas lleva a la confrontación con los poderes responsables de las mismas. Tomar partido por las víctimas complica mucho la vida personal e incluso puede acabar con ella, como es el caso de monseñor Romero. Él llevó una vida sumamente pacífica: fue un buen sacerdote, fue un buen párroco, fue un obispo modelo... y los tres últimos años de su vida fue terrible, fue todo lo contrario y el no lo buscó. Si le nombraron arzobispo de San Salvador precisamente para que detuviera toda la movilización social, para que sacara, como se decía entonces y también a veces ahora, para que sacara a la Iglesia de la política. Ésa era la misión que le dieron y él estaba dispuesto a cumplirla. Pero fue más poderosa esa misión que descubrió en el pueblo salvadoreño y el pueblo lo hizo su obispo y él fue el pastor de ese pueblo. Y esa relación pastor-pueblo, pueblo-pastor, es lo que permite que Dios haya actuado y haya resucitado en ese pueblo.

Monseñor Romero no sólo nos interpela sino que además es un punto de referencia obligatorio pero también nos da fuerza para emprender la tarea. Él hace que la voz de la justicia ya nadie la pueda acallar y menos después de este 24 de marzo. De ahí que, como contrapartida, el interés del poder que lo asesinó y después encubrió su crimen al restarle importancia al asesinato, al relegar la figura de monseñor Romero al olvido, pretextando una reconciliación falsa. Esto se aplica a todos los mártires y a todas las víctimas de la guerra. Pero más fuerte que eso ha sido la movilización del pueblo salvadoreño y de la comunidad internacional. Han querido olvidar, han querido encubrir; pero más fuerte que eso ha sido la acción de Dios que lo ha resucitado sin planificación, sin pretenderlo: ahí está como un fenómeno que inspira y que anima.

El recuerdo, que es lo que hacemos ahora aquí, siempre ha sido una forma eficaz de resistencia y de protesta ante la injusticia y la violencia pasadas, pero también ante las actuales. Los mártires, desde la impotencia de su sacrificio y desde la humillación de su asesinato y encubrimiento, ponen en evidencia al poder injusto que los asesinó y que permite, incluso, acceder a la muerte de decenas de miles de salvadoreños y centroamericanos víctimas de la pobreza y la violencia institucionalizada. Es así como Jon Sobrino señala: “la realidad de los pobres alcanza su máxima expresión en los mártires”. Es el máximo empobrecimiento: empobrecimiento extremo porque se dejaron arrebatar la vida, porque permitieron que a la humillación de su muerte violenta se agregase la del encubrimiento, incluyendo investigaciones que no conducen a ningún lado, testigos falsos y juicios amañados. Pero el recuerdo es también anuncio de utopía y de esperanza, en cuanto mantiene vivo el ideal de una sociedad plenamente humana, fraterna y solidaria. Los mártires unen, de manera única e indisoluble, historia y salvación, realidades que quienes se resisten a los cambios quisieran mantener separadas, precisamente para que nada cambie.

En el Antiguo Testamento continuamente Dios le dice a su pueblo: “recuerda Israel”. Y en el momento supremo de Jesús –que vamos a conmemorar dentro de unos días– cuando va a hacer su entrega máxima, generosa, recomienda a sus discípulos: “hagan esto en recuerdo mío”. Y recordar es entonces protesta pero también anuncio: compartir la mesa, compartir el pan, repartir, estar juntos. Los mártires consideraron su misión por razones de orden humanitario y/o evangélico: contribuir de una manera activa a la liberación del pueblo de sus opresores, de sus opresiones y violencias, personales y colectivas. Recuperando la formulación de Ellacuría, dedicaron buena parte de su vida a bajar de la cruz al pueblo crucificado, quisieron salvarlo de su dolor y de la muerte segura, bajándolo de la cruz. Para quienes siempre han sido parte del orden establecido, y para quienes se han integrado a él hace poco en Centroamérica, montado sobre las transiciones de postguerra, o para los así llamados postmodernistas, la utopía y la radicalidad que ésta exige pertenecen a un pasado ya lejano y, quizás, superado.

Por lo tanto, monseñor Romero y los mártires que vivieron con radicalidad la utopía y, precisamente por fidelidad a ella, dieron su vida pertenecerían, también, a ese pasado que ahora les parece remoto e incluso algunos se atreven a desconocer. Su sacrificio habría tenido sentido entonces pero no ahora. Para quienes han sido parte del orden establecido por motivos obvios, la utopía y la radicalidad no tienen razón alguna de ser. Pero quienes se han integrado a él, después de haberlo combatido incluso con las armas sin conseguir su objetivo, pretenden descalificarlas por considerarlas inalcanzables e inútiles desde una presunta autoridad derivada de su pasado rebelde. Es la misma autoridad que se cree superior porque perdió la esperanza hace tiempo, o quizás porque nunca la tuvo. En realidad, estas posturas últimas responden más al desengaño ante la enormidad de la tarea que se impusieron a sí mismas y a cierto deseo por encontrar estabilidad y seguridad al llegar a la madurez, que a razonamientos de peso.

Es así como los principios revolucionarios o los ideales de cambiar han sido substituidos por un pragmatismo craso y no pocas veces, también, oportunista. Esta práctica se engaña sobre las posibilidades para continuar la lucha, por transformar la sociedad desde dentro y desde abajo. Desde esta perspectiva, monseñor Romero es una luz que penetra en las profundidades de la transición centroamericana de posguerra y de la posmodernidad también, poniendo al descubierto sus egoísmos y sus miserias. Por eso monseñor Romero y los mártires incomodan a quienes, cansados o desengañados, han abandonado sus antiguas rebeldías y radicalismos y los han substituido por el simple pragmatismo y la comodidad. Pero para quienes dedican su vida a trabajar por una humanidad libre de verdad, por el Reino de Dios, de justicia y verdad, ellos son fuente de inspiración y fuerza, en ellos encuentran sentido real y verdadero, pleno y plenificante para su vida personal y social.

El dilema al cual nos enfrentamos aquí, es que hay una humanidad que necesita salvación y no hay salvación sin penetrar dentro de esa humanidad y de su historia. No se puede borrar el pecado del mundo sin asumir primero ese pecado. La salvación no es posible sin encarnarse en la historia de la humanidad. Una historia que, no cabe ninguna duda, tiene muchos logros y éxitos en los campos de la ciencia, la tecnología, la política, la sociedad, lo cultural; éxitos que han sido, sí, conseguidos en buena medida negando los recursos mínimos necesarios para la vida a la inmensa mayor parte de la humanidad. Se ha negado la libertad y el desarrollo personal a la mayoría para que una minoría viva bien. En el mundo actual abundan el mal y el pecado, y sin luchar contra ellos desde dentro, cargando con ellos y sus consecuencias, la salvación no es posible. Ellacuría escribió en su momento, recordando a los padres de la Iglesia, unas frases que pueden parecer fuertes pero que en este contexto tienen mucha actualidad: “Sin derramamiento de sangre no hay redención”. Y añadió que “la salvación y la liberación de los pueblos pasan por sacrificios muy dolorosos”, sin disponibilidad para introducirse en el conflicto de la realidad, para cargar con ella y para pagar un precio, por lo general muy alto, la salvación no es posible ni tampoco la credibilidad.

La bondad de Dios siempre se ha mostrado a la humanidad, pero en estos días se muestra de manera especial en monseñor Romero. Ellacuría saludó a monseñor Romero como un enviado de Dios para salvar a su pueblo, y monseñor Romero cumplió su promesa de resucitar en el pueblo salvadoreño y en la comunidad internacional, no por obra suya sino por gracia de Dios. Y lo más sorprendente es que monseñor Romero se deja ver, y de esa manera confirma en la fe y en la esperanza. Monseñor Romero se deja ver en las comunidades, se deja ver en las iglesias, se deja ver entre sus pobres, se deja ver entre su pueblo. Y una vez visto, se ve la bondad de Dios y esa bondad desborda, y esa bondad nos invita a ser buenos, a ser libres, a amar sin reservas, sin guardarnos algo para nosotros mismos. Pero además es una bondad que nos ayuda a ser efectivamente buenos y a crear bondad. Es una especie de gracia que nos envuelve y nos invita a dejarnos llevar por ella para, como dijo Ellacuría, “vivir como resucitados en la historia que se abre ante nosotros”. El hombre y la mujer libres son los que aman y sólo quieren amar. Son libres para meterse y encarnarse en la historia, pero sin que nada de ella los esclavice para poder amar sin límites. Al encarnarse en la historia, desde la historia y en la historia se abren al amor de Dios. Sólo la encarnación permite la apertura total y sin reservas a ese amor de Dios.

Monseñor Romero nos enseña el camino, amó a los pobres y no amó ninguna otra cosa por encima de ellos, ni siquiera a la Iglesia: no tuvo otros amores que lo desviaran de este amor esencial. La luz que él irradia ahora ilumina la muerte por amor: es la luminosidad de la resurrección.

Muchas gracias.

 


Un hombre auténtico, libre, valiente
Algunos recuerdos de Monseñor Romero

por Luís de Sebastián

 

Voy a intentar de hablar de monseñor Romero como persona. Yo creo que Rodolfo ha dado la interpretación definitiva, por lo menos para esta sesión, del fenómeno espiritual, religioso, humano de monseñor Romero, lo que se llama en términos escolásticos la forma. Y lo haré yo es poner la materia. Esta materia, esos datos, esas vivencias parciales, limitadas, investidas por la forma de la explicación que Rodolfo ha dado transmitan ese conjunto de recuerdos, de memoria, de esa profunda vinculación con monseñor Romero.

Yo me acuerdo de monseñor Romero desde luego muerto, pero me acuerdo de él en otras circunstancias. Por ejemplo una vez en casa de Chus Delgado, que era un sacerdote muy amigo de él, con el “jaibol” (“jaibol” llaman en Centroamérica al whisky con agua). Con monseñor Romero estábamos hablando de lo que fuera, de política muchas veces, conmigo siempre hablaba de economía, le interesaba muchísimo la economía, o de cosas de la Iglesia. Y cuando se le acababa el whisky empezaba a mover los hielos, haciendo una especie de campanilla para que Jesús se diera cuenta. Y el padre Jesús Delgado tenía que levantarse para servirle el traguito.

Yo me acuerdo de monseñor Romero así, como un ser humano, como una persona como todos, de una pasta básicamente humana, hombre del campo, hijo de un cartero rural, hombre sencillo, muy listo, curioso, que tiene un valor, una serie de virtudes humanas que yo voy a tratar de recordar y resaltar aquí. Virtudes humanas que, a parte de lo espiritual, del concepto de martirio y el concepto de resurrección y todas estas cosas, es algo que le hace tan atractivo todavía hoy a muchísima gente joven por ejemplo. Para mucha gente joven en el mundo, la figura de monseñor Romero les mueve, y les mueve básicamente porque es un ser humano maravilloso, un hombre abierto a la verdad. Monseñor Romero se convirtió, ya lo ha indicado Rodolfo. Monseñor Romero era un “carca”, o sea lo que nosotros allí llamábamos un “carca”, es decir, un hombre muy de derechas. Porque él entendió que eso era lo que le habían enseñado: eso es lo que veía hacer a los otros obispos y a una parte importante de la Iglesia, eso es lo que le decían de Roma y el hombre era obediente. Y tuvo un momento de conversión, un momento así muy concreto como le pasó a San Pablo en el camino de Damasco, en que vio la luz, que fue cuando mataron a Rutilio Grande. A Rutilio Grande, que él conocía muchísimo porque era amigo suyo, era su confesor, monseñor Romero se confesaba con Rutilio. Vivía en el Seminario de San José de la Montaña, y cuando empezaron a decir que a Rutilio le habían matado porque era comunista... por eso no pasó monseñor! Dijo: “Si Rutilio es comunista yo también soy comunista.” Y en aquella vigilia en que estaba muerto Rutilio Grande, monseñor Romero, literalmente, vio la luz y cambió.

Esto de estar abierto a la verdad, de ser capaz de cambiar ante unos hechos, ante una evidencia, movidos por una gran sacudida emocional sin duda ninguna, le da un valor enorme. Con lo difícil que es a veces cambiar y, sobre todo, en círculos eclesiásticos o en círculos intelectuales, donde la gente pone todo su capital en mantener posiciones, en mantener alianzas de forma que siente que si pierde eso, pierde todo, pierde su vida, de ahí que se resiste al cambio, se resiste a la evidencia, se resiste a las llamadas, se resiste incluso a las llamadas divinas de conversión.

Monseñor Romero, hombre auténtico, hombre valiente, estuvo abierto a la verdad y cambió. Y cambió porque los hechos se impusieron y a él se le cayó un poco un velo que tenía en los ojos y cambió. Anecdóticamente, cuando le iban a hacer obispo a monseñor Romero, como decía Rodolfo Cardenal, le dieron la misión de frenar aquello, y nosotros, los jesuitas (yo era jesuita entonces) hicimos lo que estuvo en nuestras manos para que no le nombraran obispo de San Salvador. En Roma... e incluso al presidente de la República fui yo con Nico Mariscal: fuimos a ver a mi coronel Molina, a convencerle que no apoyara la candidatura de monseñor Romero para obispo de San Salvador, porque eso iba a dividir al clero. Este es el argumento que empleamos el padre Nicolás Mariscal y yo con el presidente de la República, que era amigo nuestro y teníamos una cierta entrada con él. Era el coronel Arturo Armando Molina, que luego me vino a visitar a mí: cuando mataron a jesuitas me vino a visitar un día a mi oficina en Washington y me dio un abrazo y me dijo: “Cuánto he sentido esto de Ellacuría, esos militares qué asesinos”... y él sabía que había sido uno de ellos, que era uno de ellos.

En fin, nosotros hicimos lo posible para que no fuera obispo, porque creíamos realmente que iba a dividir a la Iglesia, porque se le veía que iba a tratar de parar al clero que estaba más cerca del pueblo, al clero que estaba más involucrado en la lucha política, podríamos decir. Pero él se abrió a la luz y se convirtió y es el monseñor Romero que nosotros conocemos.

Una cosa muy importante que atrae a los jóvenes, creo yo, de la figura de monseñor Romero es la autenticidad. En un mundo donde hay tanta falsedad y tanta apariencia y tanto el querer parecer una cosa u otra, o tanto cambio y tanto chaqueteo, ver una persona entera, una persona que dice lo que piensa con respeto, sin ofender, pero valientemente, y que sabe mantener su posición ante amenazas, incluso ante la muerte, yo creo que esto siempre es atractivo y tiene que ser atractivo en todos aquellos que sienten la atracción de la autenticidad, de la transparencia, del ser entero, de no ser falso. Con tanta falsedad con la que vivimos yo creo que monseñor Romero es un ejemplo, incluso un ejemplo secular. Y yo no me estoy refiriendo aquí ahora a los pecados de mentiras, o pecados de falsedades, sino me refiero a la virtud humana de la sinceridad y de la verdad.

Luego, ahora que tanto debatimos “la izquierda por aquí la izquierda por allá”, ahora después de la derrota de los partidos estos de izquierda y la victoria de la derecha, tenemos toda esta discusión de ver qué es derecha, qué es izquierda, de todo lo que es izquierda (qué es derecha parece que no hay mucha discusión, pero qué es izquierda...); pues estos hombres, que son mártires (lo ha dicho Rodolfo sin querer aludir a las discusiones que tenemos nosotros en España), monseñor Romero y los mártires de El Salvador y de otras partes, lo tenían bien claro: era la opción preferencial por los pobres, es decir, estar con aquellos que en unas circunstancias concretas están sufriendo. Y esto es como una lucha de clases: aquí hay un sufrimiento, aquí se está produciendo pobreza, aquí se está matando. Y me refiero en El Salvador en aquel tiempo, aunque aquí también podemos hacer nuestra interrelación, pero no la quiero hacer, esto hacedlo vosotros. Pero en aquellas circunstancias no se trataba de lucha de clases, se trataba de que allí estaba habiendo esto y había una gente sistemáticamente machacada y perdedora. Una gente, por otro lado, sistemáticamente encima de todo disponiendo de las armas, disponiendo del dinero, disponiendo de los medios de comunicación locales, disponiendo de la ayuda de los Estados Unidos.

Bueno, si hay esa situación, y te pones con los que están sufriendo, con los que están siendo machacados, con los que están siendo abusados, eso no es “lucha de clases”, y si hay lucha de clases no la ha empezado el que se pone con los pobres, y cuando le acusaban a Romero de meterse en una “lucha de clases” y de que fomentaba la lucha de clases... pues si la lucha está ahí, la lucha ha empezado antes de que yo naciera! Y a esa lucha, o lo que sea Romero no le llamaba “lucha de clases”, ni le gustaban para nada estos conceptos, y todos los conceptos marxistas los trataba de evitar porque además no los entendía bien, ya que sólo había estudiado el marxismo para refutarlo, y lo había estudiado bastante superficialmente y en el fondo no lo entendía bien. Pero es eso: que se pusiera de lado de los pobres, se pusiera de lado de los oprimidos, de los campesinos aquellos que les arrebataban las tierras, que les bajaban los salarios, o que cuando subía el precio del café no subían el precio a los cortadores de café, en fin, todos estos abusos que estaba viendo y que llegaba la gente y se lo contaba, y él en sus visitas pastorales lo veía con sus propios ojos. Pues eso era la izquierda. Bueno, si eso es la izquierda, pues era de izquierdas, desde luego, sin predicar la lucha de clases, sin fomentar la lucha de clases, sino simplemente poniéndose del lado de los que estaban sufriendo: lucha y guerra y batallas de gente.

Esto que estos señores de El Salvador nos dice quizás nos puede iluminar a nosotros en nuestra búsqueda por posiciones humanísticas, llamémoslas políticas, llamémoslas incluso religiosas que nos pueden ubicar, también, en un mundo en el que hay esta diversidad de suertes. No vamos a hablar de luchas –con lo mal que suena esta palabra en ciertos medios– pero de suertes, hay unos que tienen suerte, hay unos que ganan, que siempre ganan, que sistemáticamente ganan, y hay otros que sistemáticamente pierden. Que haya alguno que gana y otro que pierde... bueno, la vida también es una ruleta como dice la canción, donde jugamos todos, pero alguno juega y gana y otros pierden. Pero no es eso, lo malo es cuando la ruleta está marcada, está cargada, y hay unos que sistemáticamente ganan y otros que sistemáticamente pierden. Entonces es cuando hay que empezar a tomar posición. Y monseñor Romero pues ya veis, tranquilamente, desde que vio la luz, desde que empezó realmente a acercarse a su pueblo como obispo, como pastor (que es lo que quiere decir obispo) que está vigilando, que está viendo que no venga el lobo, que protege las ovejas contra el rayo, que protege a las ovejas, no el pastor que les tira piedras a la cabeza a las ovejas por cualquier cosa, como hacen algunos pastores.

Como digo, esta es una de las cosas que atrae verdaderamente en monseñor Romero; y que sigue siendo enormemente atractivo, a nivel humano, para la gente que le conoce, la gente que vivió, que sabe de su vida y que sabe también de su muerte. Claro, si luego esto lo interpretas con la fe, si luego esto lo interpretas en términos teológicos, en términos de salvación, en términos de resurrección, naturalmente, esto tiene un poder todavía muchísimo mayor, de sentimiento y de atracción: habla directamente a la voluntad.

Y yo creo que monseñor Romero es también, o debiera ser, un ejemplo para la Iglesia. A monseñor Romero, la jerarquía le trató mal. Hubo obispos que estaban en El Salvador que no fueron a su entierro. Fueron monseñor Iniesta, español, y el cardenal arzobispo de Méjico que fue en nombre del Papa. Pero hubo obispos en San Salvador que no fueron al entierro.

Me acuerdo de una ocasión en que el padre Arrupe vino a España en el año 1977 cuando Ignacio Ellacuría y yo estábamos exiliados por el gobierno. No nos dejaban entrar y nos llamó el padre Arrupe Colegio de Chamartín. Nos citó a las siete de la mañana. Llegamos allá, estaban una fila de jesuitas allí esperando, entramos nosotros y el padre Arrupe nos dice: “¡Ah hombre! ¡Tú eres Sebastián!”. “Sí, sí”, le respondí allí, todo asustado delante de la autoridad como siempre he estado, y Ellacuría estaba más valiente porque como ya le conocía y era vasco también, pues estaba más suelto. Y me dice: “¡Me estáis dando muchos quebraderos de cabeza en Roma!”. “¡Pues ya lo sentimos! Padre, nosotros también tenemos muchos quebraderos de cabeza en El Salvador, no sabe usted los problemas que tenemos. Mire, aquí estamos exilados los dos, no nos dejan volver”. Ya habían matado al padre Rutilio Grande. “Me estáis dando mucho quebraderos de cabeza.” Y empezó a decirnos varias cosas. Y una de las cosas que dijo es: “Habláis mal de los obispos”. Y le dijo Ignacio Ellacuría: “Es que son malos!” El padre Arrupe montó en cólera: “Pues aunque sean malos vosotros no tenéis que hablar mal de los obispos!”.

Y es que así era la cosa, realmente algunos de aquellos obispos eran una cosa increíble. Había uno que le llamaban “Tamadaz” –“tamadaz” es una serpiente venenosa que hay en El Salvador–, un señor que siendo obispo delataba a sus curas a la policía acusándoles de comunistas y a alguno le mataron. Claro, estos eran los obispos de que estaba rodeado monseñor Romero, y los que no fueron, naturalmente, a su entierro. La iglesia ha pedido el perdón de muchas cosas, pero cosas del pasado, cosas que se hicieron cuando la gente era muy bestia y quemaba a cualquiera. A cualquier señora la quemaban por ser bruja, o a cualquier otro lo quemaban por ser iluminado y al otro por estar poseído por el demonio. Pero tendrían que pedir perdón no de las cosas de Galileo y de la Inquisición y las Cruzadas y la expulsión de los judíos, sino que tendrían que pedir perdón por las cosas que han hecho hace poco y que siguen haciendo.

Nosotros vivimos en El Salvador muchas cosas por las cuales la Iglesia, o por lo menos la jerarquía, debiera pedir perdón. Y una de ellas es cómo trataron a monseñor Romero, que fue, como ha dicho Rodolfo, y es así, un ejemplo de vida cristiana, que resucitó en el pueblo. El pueblo desde luego le ha canonizado. El hecho que le canonicen en Roma es irrelevante, porque el pueblo salvadoreño, el pueblo de muchas partes de América Latina ya le han canonizado. Le llaman San Romero de América, y la gente le reza como pueden rezar a la Moreneta o a la Virgen del Pilar, o a otros santos cuya existencia es muchísimo más dudosa. La mitad de los santos de nuestro santoral ni siquiera han existido, y ahí tenemos a monseñor Romero que la gente ya le ha canonizado. Que le canonice la Iglesia o que no, pues es igual. Eso será una prueba de cómo funcionan los procesos estos de canonización.

En fin, es un ejemplo para la Iglesia, para la gente de iglesia, para los sacerdotes. Por ejemplo, un hombre pobre que no tenía ningún voto de pobreza. Porque un obispo puede ser millonario, como los hay. Monseñor Romero vivía pobremente: un hombre que visitaba a los enfermos del Hospitalito –el lugar donde le mataron– a los enfermos más abandonados que había, enfermos cancerosos, terminales... y cómo son esos lugares en el trópico, no os lo podéis imaginar. Monseñor Romero les cuidaba. Él vivía allí: un hombre que podía haber tenido todas las dignidades que les dieron a otros de sus colegas, como el obispo de Santiago, María, el “general” que bendecía los helicópteros con los cuales después ametrallaban a los campesinos.

Monseñor Romero fue realmente un ejemplo para los sacerdotes, un ejemplo para los obispos. Un obispo es un pastor de almas, y un pastor como dice el Evangelio es el que da la vida por sus ovejas, no el que vive a costa de sus ovejas, ni el que apedrea a sus ovejas y se las entrega a los lobos, como monseñor Aparicio hacía con sus curas.

Es también un ejemplo de una vida cristiana sencilla, nos hemos complicado tanto, hemos hecho tantas idas y venidas, tantos ritos, tantas distinciones y subdistinciones . Monseñor Romero era un hombre sencillo, con una religiosidad del carbonero, aunque era un buen profesor de teología, y, sin embargo, el vivía los principios sencillos, en estos momentos, en la historia que le ha tocado su pueblo está siendo oprimido, él es el obispo, pues tiene que dar la cara, tiene que ser la voz de los sin voz, tiene que ser el que responda por todos ellos.

Y así fue y, desde luego, fue un gran ejemplo de lo que tiene que ser un pastor a cualquier nivel que sea. Y un ejemplo de líder, también, un ejemplo que sabe llevar a sus seguidores a conseguir unos objetivos e ir por delante de todos ellos, por supuesto. El problema de liderazgo que tenemos nosotros también en nuestra sociedad: líderes que son unos aprovechados y líderes que liderean para sacar partido y para colocarse mejor en la vida. Pues también aquí es un ejemplo que nos da monseñor Romero, es un ejemplo que le hace que sea tan atractivo, que tenga un mensaje para miles y miles de jóvenes a través del mundo que ven en él una persona humana completa. Porque hay que convencerse que un mártir, una persona que enfrenta el martirio voluntariamente, que no rehuye la muerte por seguir su línea y seguir su obligación, es una mujer o un hombre entero, auténtico, libre y, por lo tanto, valiente.

Muchas gracias.

 


El padre Rodolfo Cardenal Chamorro: nicaragüense, aunque es ahora ciudadano de El Salvador, es vicerrector de Proyección Social de la Universidad Centroamericana de El Salvador José Simeón Cañas

El profesor Luís de Sebastián era vicerrector académico de la Universidad Centroamericana de El Salvador en aquel entonces, y colaborador personal de monseñor Romero.