Reflexiones
sobre el cambio
de siglo y de milenio
Cristianisme i Justícia
No tiene ningún sentido celebrar el cambio de milenio como si hubiese de ser un acontecimiento extraordinario acompañado de expectativas fuera de lo normal. Para combatir esa superstición bastaría con recordar que (por un error de cálculo), el segundo milenio concluyó en realidad hace ya 5 ó 6 años, y ahora estamos ya hacia el año 2005 después del nacimiento de Cristo.
Pero sí puede valer la pena aprovechar lo que hay de simbólico en un cambio de siglo, para hacer una reflexión seria sobre la fecha que ahora clausuramos.
1. Hechos innegables
El siglo XX parece haber sido el de más impresionantes progresos tecnológicos en la marcha de la humanidad. Pero, según la escritora Hannah Arendt, ha sido también el siglo más cruel de la historia. En efecto:
Es un siglo marcado por dos guerras mundiales en su primera mitad, y por incontables guerras locales en sus últimos años. La crueldad de estas guerras se pone de relieve con el dato de que en la primera guerra mundial, el número de víctimas civiles fue de un 5% del total. En las guerras de los últimos años, el 90% de las víctimas son civiles. Casi todas estas guerras han sido originadas por pretensiones de poder económico o nacionalista-imperial.
Es un siglo en que, a pesar de mil prohibiciones, la práctica de la tortura se ha extendido y ha puesto a su servicio los mayores refinamientos de la mente humana.
Es un siglo que acaba con más de cien millones de niños esclavos, con servidumbres indecibles de tipo económico o sexual.
Un siglo que se ha acostumbrado a la cifra de 35 o 40 millones de muertos anuales por hambre. Y los muertos son sólo una pequeña parte del inmenso fenómeno de las hambrunas y la desnutrición, en un mundo en que sobran alimentos. Los países más pobres del mundo acaban el siglo sometidos a una deuda e(x)terna kafkiana e injusta, y sin que hayan sido escuchadas las voces que reclaman su derogación total.
Un siglo que ha visto crecer y especializarse el fenómeno del terrorismo impune, indiscriminado y cobarde, mucho más inhumano que el de la guerra. Terrorismo de bandas y mafias, de facciones pseudopolíticas o paramilitares, y también terrorismo de estado.
Un siglo que deja buena parte del planeta sembrada de minas y de mutilados por ellas: uno de los más amargos frutos del innoble comercio de armas, que se calcula requerirá unos trescientos años para ser desactivado del todo.
Un siglo en el que las democracias se han extendido, pero se van debilitando por una doble razón: la aparición de unos poderes financieros supraestatales y radicalmente totalitarios, y el crecimiento imparable de la corrupción, o del uso de la lucha anticorrupción como arma, no para el triunfo de la justicia, sino para la promoción del propio partido o el derribo del propio enemigo.
Es finalmente un siglo que se cierra dejando gravemente enfermo el ecosistema del planeta tierra, y sin que sintamos responsabilidad ni seguridad sobre la superación de esa amenaza.
Hay también brotes admirables de solidaridad, y en este siglo se han producido unos avances técnicos literalmente deslumbrantes. Se han gestado importantes novedades humanas, que siguen marcando caminos para el próximo milenio:
la creación de la ONU,
la proclamación de los derechos humanos,
la abolición legal de la tortura,
los movimientos de liberación de la mujer,
la convicción de que los dictadores ya no pueden apelar a la independencia territorial para quedar impunes, la aparición de organizaciones como Amnistía Internacional o Green Peace...
el Concilio Vaticano II, con todo lo que ha supuesto de diálogo ecuménico e interreligioso.
Estos hechos y otros muchos son eso que Jesús llamaba "señales del reinado de Dios", que no debemos permitir que agonicen o sean desactivados en el próximo milenio.
Pero una cosa no debe hacer que cerremos los ojos a la otra. Y sobre todo, los habitantes del llamado primer mundo no podemos engañarnos con un juicio positivo, el cual brotaría sólo de una mirada alicorta y limitada a lo que ocurre en el pequeño oasis que habitamos.
2. Valoraciones
Todos estos datos, han ido llevando, en el final de este siglo que concluye, a una crisis quizá definitiva de la idea de progreso. Se ha hablado ya de una "Dialéctica..." de ese progreso: una contradicción que parece consistir en que, mientras el progreso tecnológico puede crecer casi sin límites, el progreso realmente humano no sólo no avanza sino que a veces parece retroceder.
Ahora bien: todo el mundo percibe el enorme peligro que supone un impresionante progreso tecnológico privado del correspondiente progreso humano. Esto ha llevado a una reacción muy diferente tras las dos grandes hecatombes de este siglo: si al finalizar la primera mitad del siglo, tras la guerra mundial, la humanidad salía del desastre con añoranza (y quizá con la esperanza que en ella late), al finalizar la segunda mitad, tras el desplome de los países del Este, y el horror de los Balcanes, lo que domina es la resignación: el mensaje explícito de que las utopías han muerto, y el mensaje subliminal de que las cosas "son así" y no hay nada que hacer.
Se acepta de este modo que la humanidad entre en el tercer milenio si se nos permite decirlo así desprovista de todo otro valor universal que no sean "los valores de bolsa", como medio de estructurar la convivencia humana. Naturalmente pueden quedar muchos restos de los auténticos valores humanos, a niveles personales, individuales. Pero esas opciones personales sobreviven de manera casi inofensiva, y no parecen capaces de estructurar la convivencia humana.
Esto hace también que, tras la proclamada "muerte de los grandes relatos", los seres humanos busquen sustituirlos por otros "falsos relatos", como están siendo las sectas, los fundamentalismos, los significados literalmente sacramentales de muchos éxitos deportivos, y otras mil supersticiones que anidan sin conflicto en nuestra mentalidad tecnológica... Esta necesidad de sustituir los "grandes relatos" perdidos (y sobre todo el gran relato de la fraternidad), es una de las causas del auge de nacionalismos exacerbados en este final de siglo.
En los últimos años hemos ido escuchando que, precisamente los días de Navidad, eran días de crecimiento de la depresión: y este dato parece una expresión adecuada de ese vacío que se agudiza en los días navideños, por el contraste ostentoso entre lo que todavía se intuye de significado de la Navidad (valores de lo humano más entrañable, pero valores que tienen un precio), y esa parafernalia hueca de luces y consumo que es lo único que parece poder ofrecer nuestra sociedad sin entrañas, como sustituto de aquellos valores.
3. Qué hacer
3.1. En una situación asi, lo primero debería ser no enmascarar la realidad con luces navideñas que sólo impiden verla tal cual es. No negarse a conocer la realidad, a ser honrados con lo real y saber cuál es la verdad de nuestro mundo. No reaccionar "apagando el televisor" para que nos dejen vivir tranquilos. Los ciudadanos del primer mundo hemos de saber que nuestra decoración de riqueza, facilidad y consumo no constituye el estado natural de las cosas, sino sólo una pequeña excepción que se vuelve casi culpable cuando miramos la totalidad de nuestro planeta. El que no podamos vivir tranquilos debería ser el precio mínimo a pagar por la injusticia en la que vivimos.
3.2. Es importante también conocer los grandes testigos de nuestro mundo que, junto a tanta crueldad, ha estado también más marcado por ellos que otros siglos de la historia. Olvidarlos sería absolutamente imperdonable y, probablemente, suicida para nosotros. El s. XX ha sido un siglo de innumerables mártires: el siglo de Gandhi, de M.L. King, de D. Bonhoeffer, de los arzobispos Romero, Angelleli y Gerardi, de Lluís Espinal e Ignacio Ellacuría..., de una lista interminable de nombres, que ofrecieron sus vidas a la tortura y a la muerte por amor a sus hermanos y, a veces, a sus mismos verdugos. Ellos han sido, por eso, formidables sembradores de inquietudes para que, al menos, no cerremos los ojos. A pesar de la incomprensible frialdad de la Iglesia hacia muchos de ellos, es en los valores que ellos encarnan donde se contiene el único camino para un tercer milenio más humano.
3.3. Los ciudadanos del primer mundo deberíamos desarrollar una espiritualidad radicalmente anticonsumista, obsesionada por la sobriedad y porque nuestro aparente valor no consista sólo en aquello que tantas veces no vale nada, pero cuesta más dinero. Aun con la conciencia de que toda nuestra injusta economía descansa sobre la necesidad de un consumo cuanto más desenfrenado mejor, deberíamos comprender que un anticonsumismo masivo si llegara a darse y se orientara más hacia la solidaridad podría acabar siendo un arma importante para un nuevo orden económico más racional.
3.4. Y considerar como absolutamente prioritarios objetivos como éstos, en los cuales nos estamos jugando el futuro de la humanidad:
sumarse a todas las voces, acciones y movimientos que durante el año 2000 reclamen y trabajen por la derogación de la deuda del Tercer Mundo,
acabar con el armamentismo y su impresionante despilfarro económico y humano;
buscar, insistir y reproponerse la necesidad de que el tercer milenio encuentre un nuevo orden económico internacional, más racional y más justo, capaz de controlar a los grandes poderes absolutos financieros, y menos supersticiosamente confiado en mecanismos de "armonía preestablecida" que se autorregulan a sí mismos;
cobrar conciencia de que nuestra enfermedad ecológica es grave, necesita renuncias y una convalecencia larga. Y dotar a la humanidad de capacidades para acabar con las agresiones al planeta;
y, para todo ello, una profunda reestructuración democrática de las Naciones Unidas, que las capacite para resolver los conflictos mundiales, sin dejar esa intervención al arbitrio particular de un país que carece de la altura moral y política para ello, como por lo demás carecería cualquier otro país (como muestra la historia de todos los imperios de este planeta, a los que por eso la Biblia califica sencillamente como "bestias": Cf. Dan 7.11-24).
El filósofo E. Kant escribió, cuando se iniciaba la última fase de este segundo milenio que, en lo sucesivo, la "minoría de edad de la humanidad" se convertía en culpable, porque ya nos es posible salir de ella. La sociedad que se ha montado en nombre del progreso, tiende a mantener al género humano en minoría de edad perpetua, a base de deseos inacabables o de necesidades básicas imposibles de satisfacer. La humanidad se juega todo su futuro en la capacidad para aceptar una mayoría de edad responsable.
Cristianisme i Justícia, diciembre 1999