LA GRAN DERROTA
DE ETA
por José Ignacio González Faus
"Nuestro pecado fue partir a buscar una patria -o una matria, es igual- y no una hermandad. No nos buscábamos unos a otros, sino que cada cual buscaba a su pueblo o, mejor dicho, su público" (UNAMUNO).
Cuando hablo derrota de ETA no me estoy refiriendo a una derrota político-militar que tenga que ver con los últimos acontecimientos, sino a una derrota moral. Lo que haya ocurrido últimamente tardaremos tiempo en saberlo porque los políticos callan, y los medios de comunicación, en nombre del derecho a la información, estaban tan ocupados en "informarnos" con detalle de la vida sexual de Clinton que nos dejaron sin saber cómo se gestó la tregua. Pero, en todo caso, esto sería la derrota de los Medios, no de ETA.
Por lo que hace a Euskadi, predomina el rumor de una conjunción de factores: una ETA muy debilitada por la detención de la impresentable mesa de HB y por todo lo referente al cierre de Egin. Unas bases que, después de lo de Miguel Angel Blanco, habrían presionado por un cambio de línea para evitar una debacle electoral. Y un PNV que tuvo la visión y la valentía de aprovechar la coyuntura, aunque eso pueda haberle costado una factura electoral y una fractura interna. Añaden los rumores que la dirección de ETA se resistía a ceder a esas presiones y trató de dar largas "para luego de las elecciones". Pero "alguien" supo hacerles ver que una tregua después de un desastre electoral equivaldría a una confesión de derrota, mientras que -haciéndola antes- quizá podría evitarse la catástrofe que se temía en las urnas. Así fue. Y si esta explicación no es exacta, habrá que reconcer que encaja bastante bien con los hechos.
Pero esto no sería una derrota de ETA, salvo para algunos matones fanáticos. El triunfo de la humanidad y de la razón nunca son derrota de nadie. Todos esperamos que la tregura sea definitiva. Pero, aunque no lo fuese, la derrota sería la misma. ¿Dónde está pues esa derrota?. Podemos hacerlo ver con dos evocaciones rápidas.
1) Lo que va de Blanco a Blanco.
Van a cumplirse 25 años del asesinato de Carrero Blanco. Los autores de la "operación ogro" contaron después que hubieron de retrasar dos días el desenlace ya preparado, porque el primer día elegido, a aquella misma hora, pasaba junto al coche del almirante una mujer con un niño. Y no era cosa de matar también inocentes.
Si damos crédito a la anécdota, es impresionante compararla con lo ocurrido más de veinte años después con el otro Blanco: Miguel Angel. Y eso que, en el primer caso, estaba en juego nada menos que la pervivencia de todo un sistema político dictatorial e injusto. Mientras que, en el segundo sólo estaba en juego una reivindicación de acercamiento de presos (a la cual me uno) que, por legítima que sea, es infinitamente más pequeña.
Los etarras de 1973 todavía hubieran firmado los versos de Casaldáliga a Reagan: "el lucro y el poder de vuestras armas / no pueden alcanzar mayor cotización / que el llanto enfebrecido de un niño de color". Los de 1997 ya no: la muerte de un inocente y el llanto enfebrecido de los suyos, eran pura calderilla a la hora de salirse con la suya. Y la evanescencia posterior de las impresionantes palabras de Ardanza en aquellos momentos trágicos, no hace más que confirmar este cambio. Ha sido como si Ardanza hubiese escrito sobre la arena.
Este cambio ha sido la primera y verdadera derrota de ETA: el paso de lo todavía humano, aunque cuestionable, a lo totalmente inhumano y, sin embargo, no cuestionado. Pero a éste se añade un segundo factor, menos considerado.
2) De El Capital a La capital.
Los primeros etarras buscaban la independencia para construir un Euskadi nuevo: con un sistema social distinto, y más justo que el sistema dominante. Eran los tiempos en que, desde la derecha económica, se les acusaba de querer convertir a Euskadi en "una nueva Albania". Pero -desde otra óptica- eran también los tiempos en que José Bergamín (que militó en HB desde 1981 hasta su muerte en 1983 y su entierro en Fuenterrabía), escribía que "lo más español que le queda a España es Euskadi, es decir, allí donde se siga resistiendo al aparato estatal de la modernidad... donde la unión no venga unificada ni uniformada, donde se denuncie el falso socialismo". Ahora no hemos de remontarnos a 25 años atrás, sino tan sólo a 15. Eran por eso los tiempos en que Arzalluz despotricaba como nunca contra ETA, no ya por su violencia sino por su proyecto social.Pues Arzalluz sí que parece creer en la unión uniformada, y en el aparato estatal de la modernidad (con tal que pueda controlarlo él), y descreer de todo socialismo -falso o verdadero-.
De aquel proyecto primitivo tampoco queda nada. Perdida la sensibilidad humana y moral, es lógico que también se haya ido perdiendo la sensibilidad social. ETA acaba echándose en brazos del PNV como Rusia en los de USA. Esta es su segunda derrota.
Y perdida la sensibilidad social es lógico que se extrapole la sensibilidad nacionalista. Pues (en su versión actual) los nacionalismos no son más que el sustituto de aquellos "grandes relatos" que -según la dogmática postmoderna- hoy han concluido definitivamente. Pero los hombres no podemos vivir sin "grandes relatos" y, cuando nos los dan oficialmente por acabados, buscamos sustituirlos como sea, con ese "gran relato de silicona" que son los nacionalismos, y que ahora ya no busca hacer un Euskadi nuevo, sino un Euskadi tan neoliberal, tan injusto y tan desigual como todos los países de alrededor. Como los judíos de la Biblia cuando querían un rey (que así les fue). La pregunta de si para ese viaje eran necesarias las alforjas de la muerte, es una pregunta prohibida, desde la lógica dominante de una unidad "unificada y uniformada".
3.- ¿Consecuencias?.
Pero aquí surgen problemas nuevos que afectan al derecho de autodeterminación. Debo comenzar declarando que, por sensibilidad, no me parece mal que en Euskadi se ejerza una autodeterminación y -si se sigue de ahí, en las condiciones preacordadas- una secesión. Creo en España tan poco como creo en Euskadi o en Catalunya. Creo que la nación no es ninguna esencia metafísica preexistente, sino una voluntad de serlo. Son las personas humanas y no esas supuestas esencias discriminatorias lo único que interesa: la fraternidad más que la patria, como decía Unamuno en el texto que abre este artículo. (Incluso hace tiempo que deseo que en España existan varias selecciones autonómicas, para ver si así conseguimos que ninguna se clasifique para los mundiales ni para los europeos, y nos ahorramos la vergüenza de la pasada pseudoepopeya del mundial de Francia. ¡Dios bendiga a Clemente que nos hizo regresar pronto de aquella locura!)....
Pero una cosa es lo que yo pueda sentir, y otra muy distinta la problemática jurídica en torno a un derecho. La convivencia humana impone que los derechos se hagan realidad a través de leyes y de ordenamientos jurídicos. Ahora bien: la humanidad todavía no ha dado con la forma de concretar (y por tanto de hacer real) lo referente a ese derecho abstracto, llamado autodeterminación. Una autoridad reconocida en la materia, escribía hace poco en El Pais: "el nacionalismo es libertador cuando define el objeto de la autodeterminación; puede ser opresor cuando define el sujeto de la autodeterminación, y casi siempre es conflictivo cuando señala el territorio de la autodeterminación" (27.nov. p.17). Formulado en términos más jurídicos: la autodeterminación no figura en la Declaración de los derechos humanos. Apareció sólo en un Pacto internacional de N.U. sobre derechos económicos y sociales, en 1966: pero en dicho escrito parece referida a los países del tercer mundo llamados "coloniales", y sólo podría aplicarse a otros países en la medida en que la autodeterminación aspirara a construir un modelo social distinto del del país que se deja. Precisamente aquello a lo que ha renunciado ETA en su "liaison dangereuse" con el PNV.
Hoy por hoy así es. Lo cual no quiere decir que no pueda el mundo seguir avanzando por ahí. Sólo significa que por ahora, la posibilidad de exigir un derecho abstracto y no precisado jurídicamente, se vuelve mucho más problemática, y habrá de ser gestionada a niveles distintos de la mera confrontación con Madrid. Ser independentista es, por supuesto, legítimo. Lo único que hay que añadir es que no tiene nada que ver con ser de izquierdas, ni debería convertirse en falso tranquilizador de conciencia para quienes han dejado de ser de izquierdas. Pues ser de izquierdas es otra cosa, que intentaré mostrar otro día.
Así pues: la primera gran derrota de ETA fue haber dejado de ser moral. La segunda haber dejado de ser de izquierdas. Es para sentirlo mucho. Pero, en este mundo sórdido, ése parece ser el destino de todas las "grandes causas" cuando nacen con exceso de arrogancia y de confianza en sí mismas, y no "con temor y temblor" (como escribía Paulo de Tarso hace casi veinte siglos). Aquí sí que tiene razón la postmodernidad.
30 noviembre 1998