Desde el dolor

más hondo

y la sacudida

 más brutal

 

 

 

 

 “¿Quién puede ser tan criminal?”, preguntaba F. Onega en La Vanguardia al día siguiente del 11M. Sospechamos que la respuesta a esa pregunta es tan sencilla como estremecedora: casi cualquiera de nosotros, si se nos pone en la situación adecuada. Una situación que puede ser de desesperación, de fanatismo, de miedo o de idolatría del propio poder o la propia riqueza. Y hoy, casi todo el género humano está en esas situaciones.

La filosofía se ha preguntado a veces por qué una buena parte de los supervivientes de Auschwitz acabaron suicidándose y, tras haber sobrevivido al Holocausto, no sobrevivieron a su recuerdo. La razón la dio uno de ellos (Primo Levi): lo que murió en Auschwitz fue simplemente el hombre. No Dios, que ya estaba muerto, o seis millones de judíos. Simplemente el hombre. En Ausch­- witz asistimos a un gran eclipse de la razón que se ha hecho crónico y reaparece cada vez que la tecnología y la organización son puestas al servicio de la barbarie.

Esto es lo que nos obligaba a no vivir ni hablar nunca de espaldas a Ausch- witz. Y eso es lo que no hemos sabido cumplir. Con Afganistán, Irak, Uganda, Ruanda, Sierra Leona, Chechenia y otros nombres del pasado reciente, con unos 35 millones de muertos de hambre anuales, hemos convertido el mundo en un holocausto global. Y los que no somos autores de ese holocausto no podemos eludir nuestra complicidad en él. Uno de los episodios más negros del Holocausto (que Israel ha tratado de disimular u olvidar todo lo posible) fue el gran número de judíos que, por sobrevi­vir en los campos de concentración, por asegurarse un mendrugo más, por salvar aquello que Curzio Malaparte llamó “la piel”, traicionaron o delataron a sus hermanos judíos. No citamos esto ahora para hablar de los judíos, sino porque creemos que todos los humanos nos parecemos a esos otros judíos cómplices menores del holocausto.

 

“Todos somos... todos”

Y si las cosas fuesen así, se sigue una de las consecuencias que más nos cuesta aceptar: el terrorismo es, sin duda, un crimen horrible y sin nombre, pero es, además, un síntoma. Y hay que preguntarse: síntoma ¿de qué? En el ser humano hay tesoros admirables y enormes de solidaridad y abnegación que a veces asoman, como en los momentos siguientes al 11S o al 11M. La pregunta es por qué sólo los dejamos aflorar en esos momentos desesperados. Y a nuestro modo de ver la respuesta vendría de una formulación que se hacía ya hace años al hablar de “la violencia” (entonces no era época de terrorismo, sino de guerrillas y otras revoluciones): hay un terrorismo estructural y un terrorismo de respuesta. No importa ahora en qué lado está cada uno de nosotros. Cada cual es libre de pensar en qué lado está; pero lo importante es reconocer que estamos asistiendo a un enfrentamiento de dos terrorismos. El terrorismo de la insolidaridad estructurada y el terrorismo de la desesperación y el fanatismo. Es precioso y válido gritar “to­dos somos madrileños” o “todos íbamos en ese tren”, como se ha gritado esos días. Pero es muy insuficiente si cada día no gritamos también: “todos somos ruandeses”, “todos somos de Uganda o de Sierra Leona”, “todos somos afganos o iraquíes”, “todos íbamos en aquella patera”... Y tomar en serio ese grito tan verdadero nos exigiría demasiado.

Al margen de la autoría, aún no segura, de la barbarie del 11M, imaginemos que el día 12M ocurre otra calamidad así en Zaragoza, al día siguiente otra igual en Córdoba, al día siguiente en Barcelona... Y así durante veinte días: familias y vidas rotas, niños huérfanos, padres sin hijos, esposos sin pareja, heridos que ya no pueden ser bien atendidos, espectáculos dantescos... durante veinte días. Pues bien: exactamente eso fue la pasada guerra de Irak, todavía calificada por sus autores como guerra de liberación de un pueblo. Sólo que nosotros “no éramos iraquíes”. Pero el dolor, la desesperación, la angustia, la incapacidad de superar el trauma eran los mismos que en Atocha y sucedían a seres humanos como nosotros, y hermanos nuestros  en humanidad, a pesar de nuestra barbarie.

 

Los grandes valores tienen un precio

Es bonito y consolador gritar “queremos la paz”. Pero el profeta Isaías ya advirtió que la paz es fruto de la justicia. Nosotros vivimos en un mundo profundamente injusto y no parece que estemos dispuestos a pagar ese precio de la verdadera paz. Muestra de ello es ver cómo los mismos medios de comunicación que están informándonos de la tragedia  hacen eufemísticamente “una pausa” y nos disparan cantidad de anuncios donde se exaltan todos los valores que acaban generando terrorismos de respuesta: el afán de supremacía, el amor loco al dinero, al poder, y la promesa de una felicidad inexistente. Sólo así funciona el sistema.

Hay dos frases muy verdaderas que deben ser evocadas en este contexto: la primera es de una vieja canción de Raimon: “mans dels que maten, brutes; mans fines que manen matar” (manos de los que matan, sucias; manos finas de los que mandan matar). Miremos nuestras manos finas y preguntémonos si de algún modo, a larga distancia, no mandan matar. La segunda frase es aquella tan conocida de los evangelios que habla de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio: ¿porque miras el terrorismo agresor en el ojo ajeno y no miras el terrorismo establecido en el tuyo? Nuestro mundo es una globalización dramática de aquella historia que fue la de ETA y los GAL (y que, entre paréntesis, tanto ayudó a la subida del PP al gobierno). Póngase cada cual en el sitio que quiera: no es este momento de dilucidar “quién ha empezado”, sino de comprender que todos somos terroristas de algún modo. Quizá contra nuestra voluntad, por esa especie de crueldad estructural en la que vivimos.

La respuesta a la pregunta que abría este escrito aparece entonces clara: ¿quién puede ser tan criminal? Cualquiera que piense que él y los suyos son el eje del bien, y los demás el eje del mal. Tanto si ese eje del bien se ampara y se fundamenta en Alah (“el Clemente y el Misericordioso”, ¡Dios santo!) como si se ampara y se funda en la  Democracia (que –¡santo Dios!– significa poder del pueblo).

No hemos querido entrar a discutir quién es el primer culpable. Pero tampoco queremos terminar sin una palabra fraterna, pero estremecida, a algunos miembros del gobierno. Cuando aparezca este escrito ya habrán pasado las elecciones. Pero nos parece maldita esa obsesión por intentar, ante todo, que el 11M no supusiera una pérdida de votos para el PP. Pido perdón sinceramente a los señores Josep Piqué y Rodrigo Rato por los insultos que les dedicó ayer un grupo, cerca de la plaza de Cataluña: ese modo de proceder sólo sirve para ratificar al insultado y desautorizar al que insulta. Pero luego permítasenos preguntar: ¿Cómo puede una ministra de Exteriores dar órdenes a todos los embajadores para que digan y enseñen que el autor es ETA, cuando hay una presunción de inocencia que debe durar hasta que las pruebas sean contundentes? ¿Cómo puede el señor ministro del Interior calificar de “miserable” a Arnaldo Otegui por haber dicho que el atentado estaba en la línea de Al Queda y luego no pedir perdón ni retirar esas palabras cuando tiene que reconocer que van saliendo indicios en esa línea? ¿A tanto llega la idolatría del poder? Por eso, de cristianos a cristianos, nos sentimos obligados a decirles: hermanos, hacéis profesión de creyentes, pertenecéis incluso a diversos Institutos Seculares, tendréis cosas admirables; pero en este caso vuestras conductas han sido de aquellas que hicieron exclamar a san Pablo: ‘por vuestra causa es blasfemado el Nombre de Dios entre las gentes’. No lo olvidéis hermanos, porque es muy serio.

A todos los afectados por esta barbarie quisiéramos ofrecer una palabra de esperanza. Sabemos que este mundo, a pesar de su plena autonomía y a pesar de la enorme presencia del mal en él, no deja de estar últimamente en manos de Dios. Los cristianos creen que esta vida no es nuestra morada definitiva, sino sólo un camino hacia la Vida Plena. Por eso san Pablo se atrevía a escribir a sus cristianos: no quiero que ignoréis la suerte de los que duermen para que no os entristezcáis como gentes sin esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó por nosotros, también Dios, por medio de Jesús, llevará consigo a los que mueren... Ojalá os podáis consolar mutuamente con estas palabras (cf. 1 Tes, 4,13.14).

Consejo Permanente
de Cristianisme i Justícia

(Documento redactado el 13 de marzo de 2004, antes de las elecciones.)