Tuvimos razón
(un año después)
El título de esta reflexión no es un grito de victoria sino de profundo dolor. Hace casi un año redactamos a toda prisa un Cuaderno como un grito desesperado contra la atrocidad que estaba a punto de ser cometida en Irak y que (según luego se ha sabido) estaba planificada desde meses antes.
Casi un año después es ya una evidencia que las armas de destrucción masiva sólo existían en manos de los atacantes, que Irak no había comprado uranio a Níger (aunque EEUU sí que utilizó uranio empobrecido en sus bombardeos), que no podía atacar en 45 minutos a ninguno de nuestros países, y que los inspectores de Naciones Unidas tenían toda la razón cuando, como mínimo, pedían más tiempo. Sin ningún motivo, y contra la voluntad de Naciones Unidas, se desencadenó entonces una agresión cruel que no logró capturar al dictador, que quedaba como única excusa (fue capturado 8 meses después), pero destruyó un país y causó la muerte de miles de civiles. También en contra de lo que se nos dijo, la guerra no fue un paseo triunfal ni los ocupantes fueron recibidos como liberadores. Y la resistencia que no había desatado el dictador cruel, han logrado desatarla las fuerzas de ocupación.
La llamada guerra se comenzó sin declararla, con ausencia de pruebas fehacientes y sin que se hubiesen agotado todos los demás recursos. Los males que ha causado están siendo superiores a los que pretendía evitar. La guerra de Irak fue por tanto ilegal, inmoral e injusta. Y no merece por eso ni siquiera el nombre de guerra sino el de agresión terrorista.
Los terroristas tradicionales suelen ser detenidos y llevados a prisión. A este nuevo tipo de terrorismo se le toleran o incluso se le aplauden sus crímenes. Los tres responsables de ese terrorismo mundial siguen impunes, “impasible el ademán” y al mando de sus respectivos países. Si es que de verdad creyeron lo que nos decían (cosa cada vez más difícil de aceptar) deberían ser depuestos por incompetentes. Si mintieron buscando otros beneficios (como la hegemonía mundial o el medrar al lado del más fuerte) deberían ser juzgados un día públicamente por algún organismo del que la humanidad globalizada todavía carece. Al menos deberían tener un mínimo de pudor para no esconder su fracaso tratando de dictar a los soldados norteamericanos las cartas que pueden enviar a sus familias. Deberían tener un mínimo de pudor, para no impedir o prohibir las fotografías y reportajes de los soldados muertos, como si una vez muertos los soldados dejaran de ser norteamericanos. Y para no pedir ahora que el dinero de los demás financie la reparación de los destrozos que ellos hicieron, mientras ellos han asignado a empresas de su propio país todos los beneficios económicos de la reconstrucción de Irak. Deberían tener un mínimo de pudor para devolver totalmente a Naciones Unidas el protagonismo que le quitaron. Y también para no vetar en solitario decisiones como la condena de Israel por la construcción del muro de su vergüenza, mientras antaño ellos anatematizaban la posibilidad de que otros países ejercieran ese mismo derecho de veto contra su afán por legalizar el crimen de Irak.
En resumen, el mundo ha recibido una lección fehaciente y pésima, de que un fin deseable (o bueno como tantos otros) justifica toda clase de medios. Y ha recibido esa lección contra las voces opuestas de casi todos los líderes religiosos del planeta, que tampoco sirvieron de nada.
En la imposibilidad de exigir justicia, queda sólo el que nuestras voces y otras muchas dejen constancia del crimen para las generaciones futuras, y con el deseo de que no vuelva a repetirse. También con la lucidez de que eso va a ser muy difícil, visto el rumbo que va tomando nuestro planeta. Pues antaño la mentira y la verdad eran factores decisivos a la hora de elegir o destituir gobernantes. Hoy parece que esos valores hayan pasado a mejor vida en la política y para mucho tiempo: sólo cuentan las promesas verbales y las apariciones en los medios (y el reciente caso de California es otra triste prueba de ello).
Es así como nuestra humanidad va poco a poco entregando su libertad y su progenitura humana, a cambio de aparentes platos de lentejas mediáticas e inmediatas. Alguien tendría que volver a gritarnos en voz muy alta lo que se le dijo ya al ser humano al comienzo de la historia: “Hombre ¿dónde estás?” (Cf. Génesis 3,9)
Cristianisme i Justícia