Dignificar
la política

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En los periodos electorales, cuando los políticos salen de sus despachos para acercarse a plazas, polideportivos y medios de comunicación, es cuando se pone de manifiesto la degradación que ha sufrido la práctica política. Políticos que demonizan a su adversario, que ridiculizan sus ideas o que nos avasallan con sus innumerables promesas. Antes de las próximas elecciones –y al margen de cuál sea el veredicto popular– nos parece imprescindible llamar la atención sobre la necesidad de devolver seriedad y credibilidad a una vida política que parece haberse degradado ostensiblemente en los últimos años.

 

 

 

1. ¿Qué es lo que no funciona?

 

La democracia es sin duda la mejor –quizás la única– forma de convivencia en medio de la pluralidad y la diversidad. Garantiza respeto e igualdad de trato a todas las opciones sociales por distintas que sean. Ahora bien, va cundiendo la sensación de que nuestros partidos políticos, en lugar de convivir, malviven en la confrontación y el empeño de destruir al adversario. En la medida en que los partidos no alimentan la convivencia, hemos de concluir que no construyen democracia. Y esto es grave.

 

Se escuchan cada vez menos propuestas y más descalificaciones entre el aplauso y la aclamación de los correligionarios. Algunos parecen dar por sentado que en esta sociedad “telecrática” una mentira o un eslogan repetidos hasta la saciedad, acaban por convertirse en verdad.

 

La hipocresía parlamentaria de llamar “señoría” a quien antes se ha insultado no devuelve dignidad a la política. Ante los ojos del ciudadano, el Parlamento corre el riesgo de convertirse en una mentira institucional porque allí ni se parlamenta ni se delibera y los argumentos de un orador jamás inducen a los demás a cambiar de opinión. Todo se decide de antemano y sólo se trata de deslumbrar a periodistas y telespectadores.

 

Pero esta degradación quizás no es casual. La democracia iguala el valor del voto de todos, pobres y ricos, débiles y poderosos. Esto no es fácil de asumir por quienes pretenden que sus intereses prevalezcan siempre sobre los de la mayoría de los ciudadanos. Lo aceptaron durante muchos años porque era un mal menor frente al riesgo de revolución comunista. Pero, desaparecida esta amenaza, buscan desactivar la democracia para garantizar que los gobernantes adoptan “decisiones sensatas”. Y lo logran cuando reducen la política a un mero espectáculo mediático. Entonces los ciudadanos se desinteresan del verdadero contenido de la política y la dejan en manos de los intereses de los económicamente poderosos.

 

Hoy, la aceptación de un partido depende más de su presencia mediática que de la calidad y seriedad de sus propuestas. Los partidos sólo pueden aspirar al poder si les respalda una gran cadena mediática. Por eso, la bochornosa parcialidad de muchos medios –particularmente los públicos– deteriora seriamente la democracia, como se ha evidenciado en la Italia de Berlusconi. La política queda de nuevo a merced del dinero.

 

La política aparece como un espectáculo que ganará quien sea mejor actor o sepa ridiculizar de forma más contundente. En ocasiones, estás dinámicas generan una polarización política que acaba por transmitirse a la sociedad. Cuando la sociedad percibe a los políticos como actores de un teatro ajeno a sus inquietudes o intereses, pierde la confianza en ellos y muchos ciudadanos se refugian en la apatía o el catastrofismo social. Su alejamiento de la participación política –incluida la electoral– puede ser aprovechado fácilmente por quienes hacen propuestas demagógicas, explotando el sentimiento de inseguridad generado por el propio sistema. Las últimas elecciones pre­sidenciales francesas y la deriva de la opinión pública americana tras el 11 de septiembre muestran cómo esta situación puede permitir que políticos de extrema derecha alcancen importantes cuotas de poder.

 

Pero lo que más ahuyenta a los ciudadanos –la gran corrupción de la política– es el uso deliberado de la mentira como forma de ejercer el poder. Así, hemos ido a la guerra contra Irak con unos argumentos que todos sabíamos que eran mentira. Lo sabían ellos y lo sabíamos quienes masivamente nos manifestábamos contra la guerra. Se ha demostrado, pero siguen en su puesto. Creen que el poder da licencia para mentir.

 

 

 

2. La actividad política

 

Gestión y servicio. La política es ante todo servicio a los ciudadanos. Hay que garantizar una buena gestión de ese servicio. No podemos olvidar que más de un tercio de los recursos de nuestro país son administrados por el sector público y esa administración ha de ser eficiente.

 

Liderazgo social. El ámbito político no debe olvidar su papel de educador del conjunto de la sociedad. Ha de promover ciudadanos con capacidad crítica, capaces de asumir el poder democrático que les atribuyen las leyes y de ejercerlo desde la solidaridad y al margen de la competitividad. Sólo la difusión de estos valores permitirá al político construir una sociedad en la que el bien público prevalezca sobre el interés privado.

 

Transformadora de la sociedad. La política es la principal herramienta para la transformación social, pero no la única. Los movimientos sociales han logrado éxitos importantes a nivel internacional y han cambiado la agenda de partidos y gobiernos. El ámbito político ha de ser permeable a su influencia, reconociendo su potencial transformador y aprendiendo de sus formas de participación y funcionamiento. El éxito de Lula Da Silva y su Partido de los Trabajadores acredita el potencial transfomador de esta colaboración.

 

 

 

3. ¿Qué puede hacer el ciudadano?

 

Pero no son los políticos los únicos responsables de lo que pasa en el ámbito político. En el largo plazo, la idea de que “los países tienen los gobernantes que se merecen” puede tener algún fundamento. La sociedad de consumo ha contribuido a crear personas acríticas, ajenas al mundo que las rodea. Una gran parte de la ciudadanía cree que con votar una vez cada cierto tiempo es suficiente para el buen funcionamiento de la democracia. Sin embargo, son los ciudadanos los primeros responsables de los problemas que les afectan. Tienen la responsabilidad de preocuparse por el funcionamiento de sus instituciones y de recordar a los políticos que eligen que el voto no es una carta en blanco.

 

Se ha de recordar, además, que no sólo es política la que se ejerce desde las grandes instancias, sino que también la que se realiza desde la asociación de vecinos o desde un grupo de presión que defiende determinados intereses. En este sentido, los movimientos sociales y las ONG, que han adquirido gran relevancia en las últimas décadas, constituyen un intento de la sociedad por recuperar un protagonismo que jamás debería haber perdido.

 

Cabe plantearse, pues, qué podemos hacer los ciudadanos para ejercer nuestra responsabilidad en el ámbito de la política:

 

Educar y sensibilizar, desde la familia a la escuela, en la tolerancia, el diálogo, la paz y la responsabilidad con el entorno social, político y ecológico. Enseñar a pensar por sí mismo y educar en el objetivo del bien común.

 

Mantenerse informado. En la era de la comunicación, los ciudadanos vivimos muy desinformados. El excesivo ruido informativo hace difícil atender lo que resulta verdaderamente relevante. Es necesario promover un espíritu crítico que permita identificar la información significativa y buscar la pluralidad. Sólo así el ciudadano evitará ser víctima de la manipulación y estará en disposición de exigir, con criterio propio, responsabilidades a los dirigentes políticos.

 

Ejercer la democracia participativa. Participar en organizaciones locales o estatales, en manifestaciones, campañas de sensibilización o recogidas de firmas. No son las leyes –el mundo está lleno de constituciones impecablemente democráticas que nadie respeta– sino la práctica de la ciudadanía lo que determina si una sociedad es o no democrática.

 

Establecer prioridades y tenerlas en cuenta en el momento de ejercer el voto. Ninguna opción responderá enteramente a nuestras aspiraciones, pero no podemos dejar que lo inmediato –por ejemplo las nimiedades de una campaña electoral– determinen un voto que puede tener consecuencias mucho más amplias (¿Cuántos muertos –por guerra, hambre o falta de medicinas– se hubieran evitado si Gore hubiera ganado a Bush?)

 

 

 

4. Conclusión: dignificar la política desde dentro

 

Más allá de las buenas intenciones, cabría estudiar algunas medidas concretas que contribuirían a dignificar la actividad política.

 

  

4.1. Espíritu de servicio

 a) Difusión de las fuentes de financiación de los partidos y auditorías obligatorias de oficio. Limitación de la financiación privada.

b) Control estricto de la participación de los diputados en la actividad parlamentaria.

c) Control del cumplimiento de las promesas electorales (un “Comité de sabios” podría hacer un informe antes de las siguientes elecciones).

d) Fomentar la “cultura de la dimisión” entre los gestores políticos, como forma de garantizar la rendición de cuentas.

 

 4.2. Fomentar la participación de la ciudadanía

 a) Participación ciudadana en la elaboración de presupuestos municipales, autonómicos y estatales.

b) Establecer mecanismos de participación ciudadana en la actividad legislativa parlamentaria.

c) Ley electoral con listas abiertas, paridad entre hombres y mujeres y sufragio de los inmigrantes arraigados.

d) Democratizar la selección de candidatos electorales Democratizar el funcionamiento interno de los partidos, de modo que puedan ser espacios de expresión de la pluralidad real de la sociedad.

e) Facilitar los mecanismos de iniciativa popular, como la consulta popular o el referéndum.

f) Regular la propiedad de medios de comunicación para evitar la creación de grandes grupos mediáticos excesivamente influyentes. Gestión plural de los medios públicos.

g) Establecer mecanismos que garanticen la relación directa y formalizada entre políticos y ciudadanos.

h) Impulsar la educación democrática y la formación política, especialmente entre la población marginada.

 

 

 

4.3. El Parlamento como espacio de diálogo y debate transparente

a) Transparencia del proceso parlamentario, facilitando la publicidad necesaria para que el ciudadano pueda acceder al conocimiento de las leyes desde su formulación.

 

b) Facilitar a las organizaciones socia­les afectadas el acceso, incluso físico, para participar en los momentos decisivos del proceso de elaboración de la ley.

 

c) Facilitar los instrumentos de control, incluyendo la creación de Comisiones de investigación a solicitud de los grupos parlamentarios.

 

d) Rendir cuentas a la ciudadanía como práctica habitual y normalizada, Entender el parlamento como lugar de expresión de la voluntad ciudadana, no de los intereses partidistas

 

 

 

5. Dignificar la política es posible

 

La filósofa Hannah Arendt en su obra ¿Qué es la política? recuerda que ser libres comporta asumir en cada uno de nosotros la po­sibilidad de cambio y que la mejora de la actividad pública sólo depende de nosotros, de lo que estamos dispuestos a construir. Abandonar el espacio público, por escepticismo, apatía o desaliento, es sumamente peligroso y supondría la entrega definitiva de una herramienta que –aunque ya maltrecha– es esencial para la mejora de nuestra realidad.

 

No partimos, sin embargo, de una situación tan trágica como puede parecer. En los últimos años hemos asistido a la recomposición de un cierto tejido social. Desde la cumbre de la OMC en Seattle en 1999, se ha ido gestando un movimiento social global cuya influencia y capacidad de movilización ha incidido con fuerza en las agendas de los políticos. Muchos partidos se apresuran hoy a identificarse con él, cuando un par de años atrás hubieran huido de cualquier posible vinculación.

 

El Foro Social Mundial de Porto Alegre no se ha limitado a reunir a centenares de estas organizaciones diversas, sino que ha abierto un intenso debate entre ellas para configurar –por fin– una alternativa sólida al actual orden mundial y a la actual globalización. Si los ciudadanos queremos, otro mundo es posible. Y si no cambia, será nuestra responsabilidad.

 

 

 

 

 

CRISTIANISME I JUSTÍCIA

 

(Área Social: Maria Lidón Martrat,
Óscar Mateos, Luís Sols)