Encallados en Cancún

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios acerca de la Conferencia Ministerial
de la OMC en Cancún

 

 

 

 

Tras su V Conferencia Ministerial –celebrada hace unos días en el com­plejo turístico de Cancún (México)– la Organización Mundial del Comercio se enfrenta a una seria crisis de legitimi­dad. Pese a los esfuerzos publicitarios de los países ricos, los dos años de ne­go­cia­cio­nes que siguieron a la confe­ren­cia de Doha tienen muy poco que ver con una ‘Ronda del Desarrollo’ en la que la lucha contra la pobreza juegue un papel significativo. Las prioridades del mundo en desarrollo han sido igno­radas en todas y cada una de las áreas de negociación, donde han primado los inte­reses de los poderosos lobbies agra­rios e industriales de los países ricos.

Si bien el fracaso de la conferencia no es una buena noticia para más de un cente­nar de países pobres que necesitan de­ses­pe­ra­damente reglas comerciales jus­tas, Cancún pudo haber sido mucho peor: la unidad de los países en de­sar­ro­llo –que permanecieron juntos pe­se a las presiones– y la movilización de mi­llo­nes de personas en todo el mundo han logrado convertir esta conferencia en un hito que puede dar lugar a una nueva forma de entender las relaciones co­mer­ciales y el juego de poderes den­tro de la OMC.

 

¿Por qué se rompieron las negocia­ciones?

Pocos días antes de viajar a Cancún el comisario europeo de agricultura, Franz Fischler, acusaba a los países en desarro­llo de pedir “la luna y las es­trellas” en el proceso de negocia­ciones. Sus palabras –que contribuían muy poco a mejorar un ambiente de nego­ciación ya de por sí enrarecido– deja­ban adivinar lo que después pudi­mos comprobar todos: la UE no estaba dis­pues­ta a hacer concesio­nes sustan­cia­les a los países pobres. Es­tados Unidos –libre de la retórica ‘desarro­llis­ta’ que acompaña habitualmen­te las de­cla­ra­cio­nes de la Comisión Euro­pea– fue bastante más claro: sólo cede­rían a cam­bio de concesiones recípro­cas por parte de los países en desarrollo.

Lo cierto es que las conversaciones fracasaron porque los países ricos llegaron a Cancún sin propuestas reales para convertir la Ronda del Desarrollo de Doha en algo más que simple retó­rica. Los temas que centraron la nego­ciación desde el principio fueron dos: la agricultura y la introducción de la llamada ‘agenda de Singapur’ (los países miembros debían decidir si se comenzaba a negociar sobre una serie de nuevos temas, como las inversiones o la competencia). En el primer caso, los países en desarrollo pedían la reducción de las ayudas al sector agrario (en especial las que resultan más distorsionantes, como los subsi­dios a la exportación) y el derecho a proteger su agricultura por razones de seguridad alimentaria y desarrollo rural, como lo hace, por ejemplo, la UE. En cuanto a la ‘agenda de Singapur’, los países pobres se negaban a abrir negociaciones sobre nuevos temas hasta que se cumpliesen los compro­mi­sos hechos en asuntos ya nego­ciados, como la agricultura o la apertura de los mercados del Norte en el sector textil.

 

El caso del algodón

Aparte de estas cuestiones, uno de los temas más polémicos y que más atención pública atrajo fue el de las ayudas al sector del algodón. Cuatro países de África occidental (Malí, Chad, Burkina Faso y Benin) presenta­ron una iniciativa que instaba a los países desarrollados  a eliminar las ayu­das que les permiten exportar algodón muy por debajo del coste real de produc­ción (en particular EE.UU., cu­yos 25.000 productores reciben casi 4.000 millones de dólares anuales). Las exportaciones norteamericanas en con­di­cio­nes de ‘dumping’ han hundido los precios mundiales del algodón y ame­na­zan con condenar a la pobreza más absoluta a diez millones de productores que viven en estos países africanos.

La UE también fue denunciada, y, aunque sus ayudas a este sector suponen un problema menor respecto de los EE.UU., lo cierto es que el apoyo europeo a la iniciativa africana hubiese resultado determinante. Al final, ni uno ni otro qui­sieron reaccionar. El texto del bo­r­ra­dor de declaración fue un sarcasmo: se instaba a los países africanos (vícti­mas de la competencia desleal nortea­meri­cana) a diversificar su producción y a mejorar sus políticas de desarrollo. Fue una bofetada para las esperanzas que muchos habían puesto en un tema paradigmático para medir las verda­deras intenciones de los países ricos con respecto al desarrollo.

 

La plantada de los pobres

A medida que pasaban los días de negociación se fue haciendo evidente que los países pobres no lograrían concesiones sustanciales. El borrador de declaración que se hizo público el penúltimo día por la tarde reflejaba de forma desproporcionada la posición europea y estadounidense, decepcio­nan­do las expectativas de la mayor parte de los miembros de la OMC.

Se produjo entonces algo inaudito en esta institución. Al contrario que en anteriores ocasiones –donde el peso político y económico de los países desarrollados acababa imponiendo el resultado de los acuerdos– los países pobres actuaron de forma coordinada y permanecieron unidos. El llamado Grupo de los 22 (que incluye a potencias del mundo en desarrollo como Brasil, India, Suráfrica o China) rechazó en bloque la propuesta. A ellos se unió un segundo grupo, liderado por la Unión de Países Africanos, que representaba a varias decenas de los países más pobres del mundo.

La UE y los EE.UU. fueron incapaces de enfrentar la nueva realidad política, comportándose como si nada hubiera cambiado. Subestima­ron la capacidad de negociación de los países pobres, en donde nuevos gobier­nos como el brasileño jugaron un papel esencial de liderazgo. Los países en vías de desarrollo se negaron a firmar un acuerdo que hubiese dado la espalda a las poblaciones más pobres del mundo.

 

¿Es éste un buen resultado?

No. Los países pobres tienen dere­cho a un buen acuerdo que les permita aprovechar las oportunidades que les ofrece el comercio internacional para salir de la pobreza, y la intransigencia de los países ricos convirtió Cancún en una oportunidad perdida. Pero la fuerza que ha demostrado el mundo en desar­ro­llo, unida a la movilización de millo­nes de personas de todo el mundo, han permitido evitar un resultado peor, que hubiese supuesto un retroceso en la lucha contra la pobreza. El colapso de Cancún puede ser una crisis positiva si sirve para que los países ricos se den cuenta de que no habrá Ronda del Desarrollo a menos que se incluyan los intereses de los pobres.

 

¿Qué ocurrirá a partir de ahora?

Todos los trabajos de la conferencia vuelven a Ginebra, sede de la OMC. Aunque aún no ha habido anuncios oficiales, lo previsible es que se convo­que en las próximas semanas una reunión de alto nivel que permita eva­luar las consecuencias de la conferen­cia de Cancún y las posibles vías para seguir adelante. El hecho de que los países pobres decidan o no continuar juntos va a ser clave. Durante las próxi­mas semanas las presiones bilaterales por parte de la UE y EE.UU. a los gobier­nos del Sur van a ser feroces, como lo fueron durante la conferencia y en el proceso preparatorio. Pero la pelota está ahora en el tejado de los países desarrollados. Tienen dos opciones: replan­tear su estrategia y aceptar una negociación seria con los países en desarrollo; o marginar a la OMC como foro multilateral de negociaciones y optar por la vía rápida –aunque com­pleja– de los acuerdos regionales y bila­terales, que han proliferado en los últimos años.

Romper el multilateralismo comer­cial será sin duda la gran tentación de los EE.UU. La administración Bush puede optar por negociaciones como las del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, que enfrentan un período clave en el último trimestre de este año. La situación es aún más inquietante si tenemos en cuenta que este país eligió marginar al Consejo de Seguridad de la ONU cuando éste puso dificultades a sus planes para Iraq. Por si fuera poco, 2004 será un año electoral para los esta­dounidenses, por lo que su Gobierno se cuidará mucho de hacer concesiones en sectores tan sensibles políticamente co­mo el agrario.

 

El papel imprescindible de la movilización ciudadana

Cancún ha sido un punto de inflexión. Los países en desarrollo han demostrado una capacidad sin prece­dentes para actuar de forma solidaria y vencer sus diferencias internas frente a un adversario común. Pero la batalla de la opinión pública también ha estado en la calle. La sociedad civil se ha movilizado para trasladar a los países negociadores la voz de millones de personas que exigen un comercio con justicia. ONG y movimientos sociales han conseguido traducir para el gran público un tema complejo como es el del comercio internacional, explicando cómo las reglas de la OMC afectan a la vida diaria de todos, mucho más de lo que la mayoría imaginaba.

Más allá de las diferencias tácticas acerca de la OMC como institución o sobre el contenido concreto de algunos acuerdos, movimientos como La Vía Campesina y ONG como Oxfam Inter­na­cional han trabajado para lograr un reto común: hacer del comercio inter­na­cional y de las instituciones que lo rigen un instrumento para el desarrollo y la erradicación de la pobreza. Ahora que Cancún se ha cerrado en falso es más importante que nunca revitalizar el esfuerzo de movilización ciudadana.

 

 

Gonzalo Fanjul
(Coordinador de investigaciones
de Intermón Oxfam)

 

Para más información sobre la conferencia de Cancún y la campaña de Oxfam Internacional, visite la página web: www.comercioconjusticia.com