Carta al nuncio

 

El Consell Directiu de Cristianisme i Justícia vol afegir la seva paraula en l’ampla reflexió que hi ha entre els cristians de Barcelona sobre el seu futur Arquebisbe. Després de considerar-ho una vegada mes, la darrera reunió del Consell acordà reproduir l’article que José I. González Faus, Cap Acadèmic del Centre, publicà a La Vanguardia ja fa dos anys, a l’octubre del 2001.


  CARTA AL NUNCIO DEL VATICANO

     Como presentación quisiera decirle que no soy catalán, ni catalanohablante, y que no soy nacionalista ni de los grandes ni de los pequeños. Hasta he escrito que los nacionalismos me parecen una forma premoderna de dar cauce a ese sentimiento patriótico que todos hemos de saber manejar. Le digo esto porque -ahora que el cardenal arzobispo de Barcelona ha cumplido la edad canónica de jubilación- quisiera expresarle mi deseo y convicción de que el próximo arzobispo debe ser y hablar catalán. Creo que no lo pido por oscuros motivos pasionales. sino por razones eclesiales y evangélicas. Esta breve carta intentará exponer las razones de lo que pido.

     1.- Es una experiencia universal que las cosas sólo se conocen bien y pueden manejarse bien habiéndolas vivido “in situ”. Una inculturación forzada (y más en gente mayor) puede ser admirable, pero requiere tiempos largos y puede acabar en cerrazones. Es decir. lo que en realidad se quiere son obispos “buenos”. El ser del lugar es una condición indispensable aunque no sea decisiva.

     2.- A veces se objeta a esta obviedad que la Iglesia es universal y está por encima de esos particularismos. Tal objeción se apoya en una concepción herética de la catolicidad. Ésta no debe parecerse a la universalidad de una multinacional o de un imperio, como si los obispos fuesen sólo meros delegados del gobierno central, cosa rechazada expresamente por el Vaticano II. Según el Nuevo Testamento, la Iglesia “toda” (católica) es ya “la iglesia de Dios que está en un lugar”. Cada iglesia local es una especie de universal-particular. Y la iglesia universal es sólo una comunión de iglesias, o una “iglesia de iglesias” como dice el canadiense J.M. Tillard. No la sustitución de esa comunión de lo diverso por una uniformidad sin identidades.

     3.- Jesús parece aludir a algo de todo esto cuando distingue entre el buen pastor y el mercenario. El que viene de fuera, por buena voluntad que tenga (y reconozco que muchos la tienen), está más expuesto a ser o actuar como mercenario, porque razones culturales pueden hacer que no sienta como “suyas” las ovejas encomendadas, tal como le pide el evangelio. Demasiadas veces ha ocurrido esto.

     4.- Desde los primeros siglos de la Iglesia los papas defendieron con toda su autoridad estas dos prácticas: que el obispo no fuera designado “a dedo” sino elegido; y que fuese alguien de la iglesia a la que debía regir. Es muy conocida la frase del papa san Celestino: “a ninguna iglesia se le imponga un obispo contra su voluntad”. Más tarde, cuando muchos obispos se buscaban sucesores que a veces eran de fuera, el papa san Gregorio escribe varias veces a sus delegados: “no permitas que sea elegido nadie de otra iglesia, a menos que entre los clérigos de la iglesia que visitas no se encontrara nadie digno del episcopado (cosa que no creo que ocurra)”.

     La defensa de estos dos principios (elección y localidad) dio a Roma la enorme autoridad de que gozó entre las iglesias durante el primer milenio, y que luego ha perdido. Precisamente en Barcelona el año 465, el obispo Nundinario se empeñó en designarse él su propio sucesor en la persona de un tal Ireneo que era de otra diócesis cercana.. Por razones de paz, los obispos de la Tarraconense, viendo que “el clero y el pueblo aprobaban esta designación” aceptaron el nombramiento y así lo comunicó a Roma el metropolitano Ascanio. Pero he aquí la respuesta del papa Hilario: “que Ireneo salga de Barcelona y vuelva a su propia iglesia. Y que, calmadas las voluntades, ordenes para Barcelona un obispo salido del clero de allí”.

     Hoy el mundo se ha hecho más pequeño y está más comunicado. Quizá no sería tan grave que el pastor proceda de una iglesia cercana. Pero estas enseñanzas crearon tal fuerza de tradición que, siglos más tarde, a propósito de un nombramiento contrario a ellas en el episcopado de York, san Bernardo escribe una carta “a todos los obispos y cardenales de la curia romana” en la que les recuerda: “cuando algo afecta a todos hay que procurar oír a todos. Y no temo que me tachen de presuntuoso pues, aunque soy el último de todos, no me siento ajeno al deshonor de la Iglesia...Vemos hechos horribles en la casa de Dios. Y, como no puedo corregirlos, se los sugiero a quienes toca actuar”.

     Evidentemente, yo no soy san Bernardo. Pero me autoriza a escribirle estas líneas el hecho de que el “Catecismo de la Iglesia Católica”, en su nº 907 proclame que todos los fieles tienen el derecho y a veces incluso el deber de manifestar a los pastores y a los demás fieles... su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia.

     5.- No hace aún mucho tiempo, en España, un hombre del mundo universitario fue nombrado obispo para una pequeña iglesia a la que él no pertenecía, y que era exclusivamente rural y turística. Cuando alguien comentó al entonces Presidente de la Conferencia episcopal cómo era posible ese tipo de nombramientos tan desparejos, aquél le contestó: “es un voto más para nuestra línea”. Esta vieja anécdota va bien para concluir mi carta: lo que todos buscamos (o debemos buscar) es lo mejor para ese pueblo de Dios que está en Barcelona, que allí sufre y llora, y a veces le cuesta más creer de lo que pensamos. Ese pueblo de Dios bien se merece que, a la hora de tener un nuevo obispo, se busque lo mejor para él (¡respetando por supuesto su innegable pluralidad!), y no lo mejor para nuestra línea, nuestras ideas o nuestra propia carrera.

     Una Iglesia que actuara así, sería, como pide la liturgia, "un recinto de verdad y de amor, de libertad de justicia y de paz, donde todos encuentren un motivo para seguir esperando.