
Cartas para pensar
CARTA A JOSÉ I. GONZÁLEZ FAUS SOBRE EL LIBRO “CON DIOS O SIN DIOS”
Estimado
José Ignacio:
He
leído su libro ¿Con Dios o sin Dios? y me he animado a escribirle para
pedirle ayuda. Me ha sorprendido encontrar en el libro todas o casi todas las
preguntas sobre el tema de Dios, y todos o casi todos los reparos a las
respuestas a esas preguntas que se le pueden ocurrir a un ateo o a un agnóstico.
Tengo
47 años y he sido atea desde los 13. A partir de esa edad, y durante los
primeros años, el tema de Dios era objeto de discusión entre las niñas de mi
edad, pero enseguida, al menos en los ámbitos en que me movía, este tema perdió
por completo interés. Es más (y esto lo señala también Ignacio Sotelo): Dios
desapareció por completo de nuestras vidas, desapareció totalmente no sólo
como tema de conversación, sino incluso del horizonte vital, histórico, etc.
No existía ni interesaba absolutamente nada, no
se mencionaba, ni siquiera se pensaba en él, no tenía el más mínimo interés,
no se debatía siquiera su no-existencia, porque la vida se había organizado
sobre unos presupuestos en los que Dios no tenía absolutamente ningún
protagonismo ni ningún sentido. La Iglesia era objeto de crítica, pero Dios no
merecía el más mínimo comentario, ni siquiera ningún pensamiento.
Pues
bien, todo este panorama cambió para mí a partir de un viaje que hice a América
del Sur, el año 1999, para unos cursillos de medicina preventiva. En aquel país
conocí e incluso conviví con personas de la Iglesia Católica, y comprobé que
había personas inteligentes, incluso muy inteligentes, que creían en Dios, y
no sólo eso, sino que creían mucho en Dios y que su actividad en aquel país
tenía como trasfondo a Dios.
También
comprobé, sorprendida, que su labor estaba dirigida de una forma muy eficaz y
con un enfoque de gran compromiso a los desfavorecidos, en contraste con la
actitud adoptada desde hace años por la izquierda tradicional, que ha olvidado
la necesidad de actuar sobre las causas de la pobreza y que, en la práctica,
tanto en los niveles individual como institucional, obvia la relación entre la
situación de los sectores más desfavorecidos y nuestro modelo y modo de vida
en los países ricos.
En
América del Sur conocí a religiosos y religiosas que trabajaban en barrios peligrosos
(“barrios bravos”), en temas de salud (una de las principales causas de
sufrimiento en aquellos países) con niños, mujeres, campesinos. También
estuve en el Centro Bartolomé de las Casas, y en Villa San Francisco, y a partir de estas
experiencias me replanteé la no-existencia de Dios sobre la base de dos
cuestiones. Por un lado, la existencia del
mal y del dolor no llevaba a estos cristianos a prescindir de Dios, sino que,
muy al contrario, encontraban en él la fuerza y el sentido para tratar de
aliviarlo y de contrarrestarlo con su actividad. Por otro, la razón no
representaba para ellos un obstáculo para experimentar a Dios.
Y
después está su libro, a partir de cuya lectura me pregunto: ¿seré yo una
“célibe de Dios” (como dice usted)? Porque desde mi viaje a América del
Sur ha adquirido para mi una importancia y una relevancia que durante un tiempo,
y aún ahora de manera intermitente, he tratado de minimizar e incluso de
olvidar, pero que siempre vuelve. Muchas veces he pensado que los creyentes están
locos o rozan la locura, especialmente cuando dan el salto de Dios a Jesús.
Pero esa impresión se está difuminando, sobre todo cuando leo libros como el
suyo, en el que encuentro ideas tan raras como que la fe es una cuestión de
cambio en la afectividad (en el sentido que usted le da a este término), pero
tan iluminadoras al mismo tiempo.
Por
todo esto me he animado a escribirle, para pedirle que me ponga en contacto con
alguien que tenga experiencia en el mundo de los no creyentes y que pudiera
orientarme, o con algún grupo en el que pueda hablar de esto, porque como dice
Ignacio Sotelo, es éste un tema sobre el que poca gente está dispuesta a
hablar.
Le
estoy muy agradecida por haber podido captar a través de su libro la
posibilidad de una religiosidad diferente a la basada exclusivamente en dogmas,
en la que fui educada, y que ya descubrí en el viaje a América del Sur a un
nivel de experiencia más que de argumentos o ideas. Supongo que, como para mí,
la lectura de su libro habrá resultado enriquecedora para otras personas. Esta
gratitud la extiendo a Ignacio Sotelo, que ha dado forma con su erudición y su
sabiduría a tantas preguntas y reparos. Pero no es esa sabiduría, aunque también,
la que me atrae ahora, sino la que he entrevisto en sus cartas y en los
cristianos de América del Sur.
Un afectuoso saludo,
Mariela
[Nota del editor.- Publicamos esta carta, con
permiso de la autora, porque hay gentes que están en situación parecida. Hemos
cambiado todos los nombres propios.
CARTA DE ERNESTO SÁBATO A JON SOBRINO
Muy estimado Jon Sobrino:
Le escribo con un sentido profundo de cercanía y admiración.
Elvira
me leyó su libro sobre el Terremoto y se me cayeron las lágrimas. ¡Cuánta
verdad!
El
cristianismo adquiere en sus palabras un sentido que pareciera perdido en muy
buena parte del mundo donde se lo ha vinculado al poder, al dinero, o todo
aquello que Cristo negó en su vida.
Me
hizo mucho bien su libro. Cada tarde esperaba la lectura como el testimonio de
un gesto que pudiera salvar a la humanidad de este horror en que se vive.
Cualquier
cosa que necesitara de mí, no dude en pedírmelo. Me sería un honor compartir
su tarea.
Un
abrazo,
Ernesto
Sábato.
Querido
amigo Ernesto:
Comprenderá
si le digo que no sé cómo comenzar esta carta. La suya fue inesperada y, sobre
todo, es tan cercana que pienso que sólo con un tierno abrazo la podría
contestar. Sus letras, escritas en una vieja máquina de escribir y con
correcciones a mano, superan la frialdad de estas mías escritas en computadora,
y comunican algo realmente entrañable.
De
todas formas, tres cosas quisiera decirle. La primera es que mis reflexiones
provienen de haber leído, en cuanto he podido, la realidad y la santidad
primordial de los pobres y víctimas de estos pueblos. Hace muchos años leí en
Karl Rahner que “la realidad quiere tomar la palabra”. Y Monseñor Romero,
guardián de la realidad, quiso ser también, con total entrega, guardián de la
palabra. Por eso decía: “Estas homilías quieren ser la voz de los que no
tienen voz”. Por gracia me encontré en medio de esa tradición. Sólo he
procurado ponerla a traducir.
La
segunda es que me alegra que encuentre en mis palabras a un Cristo desempolvado,
más real y verdadero, más parecido al hombre de Galilea, hermano y defensor de
débiles y pobres. Escribir sobre él me produce el gozo
de entroncar a ese Jesús de Nazaret en la tradición de hombres y mujeres que
nos otorgan luz, honradez, compasión, justicia, humildad y gozo.
Creo que Jesús pertenece a la Gran Internacional de lo humano, a la que todos
estamos invitados. Y si me permite expresarle un poco jocosamente una convicción
que me ronda desde hace mucho tiempo, pienso que Jesús no es nada celoso, sino
que se encuentra muy a gusto con toda la gente buena.
(…)
Gracias
por estas palabras, amigo Ernesto. Siga adelante con su juventud. Cuente con mi
cercanía y amistad. Y reciba un agradecido y fraternal abrazo.
Jon
Sobrino.
San
Salvador, 26 de
febrero, 2003.