el des-Prestige de la política
COMUNICADO CON OCASIÓN DE LA CATÁSTROFE EN GALICIA
Como
simples ciudadanos quisiéramos manifestar que, desde hace tiempo, nos viene
decepcionando el modo como se relacionan entre sí aquellos partidos que, en
nuestro país, tienen posibilidades reales de acceder al poder o de permanecer
en él. Da la sensación de que los acontecimientos de la vida pública no son
vistos por nuestros políticos como problemas a resolver o servicios a prestar
al pueblo soberano, sino como plataformas o medios para mantenerse en el poder,
o para acceder a él.
Por
ejemplo: Es un dato de la más elemental teoría democrática que la oposición
está para criticar las actuaciones del gobierno de modo que éste, si la crítica
es válida, pueda cambiar o corregir sus modos de actuar. Por eso nos parece de
muy poca ética democrática rechazar las críticas de la oposición arguyendo
que “no colabora”, que “se aprovecha de la situación en provecho
propio” que “carece de patriotismo” o que “hace demagogia”. Semejantes
juicios no corresponde hacerlos a los gobernantes, sino al pueblo. Pues la ética
nunca puede ser una peana para la propia autoafirmación y la desautorización
del otro sino al revés: una
interpelación sobre nuestro propio modo de hacer. Lo contrario
constituye la mayor perversión de la ética.
Igualmente,
es de elemental teoría política que la tarea de la oposición no ha de ser
desgastar sino enderezar o mejorar las actuaciones del poder. Y es innegable la
tentación de aquellos que están en la oposición de buscar en todo lo que pase
una oportunidad para “hundir al gobierno”, sin saber distinguir lo que
pueden ser errores (que quizá son humanos e inevitables) de lo que son
verdaderas negligencias.
Estas
tentaciones que denunciamos pueden haber llegado a su cumbre con motivo del
desastre del Prestige. Pero quisiéramos repetir que vienen gestándose desde
mucho antes, y están configurando un pésimo estilo de hacer política en España.
Venimos constatando que los partidos con perspectivas de poder utilizan cada vez
más “adjetivos descalificativos” o desautorizaciones personales, y cada vez
menos argumentos. Hacen juicios de intenciones más que valoraciones de
argumentos.
Tal
actitud, pone de relieve una especie de idolatría
de la encuesta y del voto, que es hija de una idolatría del poder,
muy impropia de una sociedad que quiere ser laica. No podrá haber democracia
sin ética política. Y pertenece a la más elemental ética política que los
políticos están en sus cargos para servir al pueblo que es el verdadero
soberano, pero no para hacer su propia carrera, para arramblar votos o favorecer
los intereses de su partido, por respetables que sean.
Se
podrá objetar que la llegada al poder o la permanencia en él es un medio para
servir al pueblo. Esto vale sólo hasta cierto punto: ese
medio no puede convertirse en un objetivo absoluto para el que
“todo vale”. Porque también se puede servir al pueblo no desde el poder,
tratando de inyectar racionalidad y propuestas de acción ante los problemas que
la vida política va suscitando. El pueblo es quien deberá juzgar del valor de
esas propuestas o de la aceptación que recibieron. Por otro lado, un gobierno
debe dar razón y responder ante los demás partidos, y no ante una televisión
sumisa y cómplice. También esto es de elemental teoría democrática.
Permítasenos unas alusiones más concretas: todos recordamos que un ministro del gobierno dijo textualmente cuando comenzó el naufragio del Prestige: “gracias a la rápida actuación del gobierno no hay ningún peligro”. Un mes después hemos visto aterrados lo trágica que ha sido la hecatombe de las costas gallegas y este ministro sigue ocupando tranquilamente su cargo sin haber dado cuenta de semejante despropósito. Sucesos así no pueden dejar de inquietarnos profundamente: ¿es que nuestro país está en manos irresponsables? Uno tiene la impresión de que los gobernantes están mucho más preocupados por tener una buena “estrategia de comunicación”, que por tener una buena “estrategia de actuación” en la solución de los problemas que se presentan, como ahora la marea negra en las costas de Galicia. No se engañen los políticos, a la larga o a la corta, la mejor estrategia de comunicación es hacer las cosas bien. Ocultar a los ciudadanos la información disponible para no crear en ellos alarma social supone casi siempre mirar sólo por uno mismo, y tratar a los ciudadanos como a menores de edad, incapaces de valorar por sí mismos problemas que les afectan. Y vanagloriarnos de un “déficit cero” que da ejemplo a Europa puede ser loable cuando ese equilibrio se ha conseguido mediante la renuncia a gastos de armamento. Pero si se hace renunciando a gastos de defensa del medio ambiente, alegando que se trata de riesgos hipotéticos, nos exponemos a que esos riesgos se vuelvan reales y deshagan el bello equilibrio soñado.
Nos mueve a dar este aviso la convicción de que, a largo plazo, este tipo de conductas es lo que más desanima y desmoviliza a los ciudadanos. Por eso creemos que éstos deberían prestar mucha más atención a lo que dicen aquellos partidos que, porque no tienen posibilidades reales de acceder al poder, están hoy por hoy más liberados de la pasión del mando, aunque su misma condición les dé menos espacios en los medios de comunicación. Si no, el peligro de que la abstención o los votos en blanco sea cada vez mayor se convierte en un peligro muy real, que acabará por ser el cáncer de nuestras democracias.
Consell
Directiu de Cristianisme i Justicia:
Joan Carrera, José I. González Faus, Mercè Homs,
Tere Iribarren, Josep F. Mària,
Xavier Melloni,
M. Dolors Oller, Josep M. Rambla,
Francesc Riera, Ignasi Salvat,
Luis Sols.
diciembre
de 2002.